martes, 27 de diciembre de 2016

Caricia sin fín

El tacto suave y tembloroso de su piel la hizo temblar. El miedo pasó rozando su nuca y erizo su cabello, tensando hasta la última vértebra de su columna.
Aquel contacto, se dijo para sí, era exquisito. Apenas un leve roce de sus dedos sobre la palma de su mano fue suficiente para conectar un suspiro entre sus bocas, que palpitaban crépitas a la luz de la vela.
La cera se consumía con la misma rapidez que las ganas por habitarse. Se miraron largamente hasta transportarse a otra dimensión. Cerró los ojos de pronto y apretó las cuencas tanto como pudo. Siguió viendo su contorno, el filo de su mandíbula, sus pómulos y la apertura de su boca curvada en sonrisa.
Un escalofrío que duró lo mismo que su enpanamiento la devolvió al mundo de los astros de sombras y la invitó a acortar la distancia y entregarse por fin.
Su remitente no se movió un ápice, ni siquiera cuando ella levantó la mano hacia su tez, inquebrantable. Siguió sin prisa la línea simétrica de su cara mientras cerraba los ojos. Se había aprendido de memoria ese camino y esas neuronas no podrían ahogarse nunca, ni siquiera en una botella de alcohol.
Continuó un tanto más impaciente que antes en su descenso infinito hasta que se dio cuenta de que ya no podría haber paso atrás.
Sus manos no le pertenecían y su mente había quedado en el blanco más impoluto que hubiera podido imaginar. Se movía como una marioneta con hilos, presa de su propio destino.
Estaba aterrada ante lo que habría de ser la consecución más nítida de lo que tanto ansiaba, pero era precisamente esa cercanía peligrosa hacia la felicidad lo que ralentizaba su camino.
Su acompañante decidió por ella y volvió a acariciarte la palma con una destreza que terminó por desarmarla. La mayor de las caricias tomó parte en el sendero de descenso.
La mirada más larga que había enfrentado hasta entonces la envolvió de una manera única, que la hizo hiperventilar y notar su corazón aparentando loco contra su caja torácica.
Ni siquiera había comenzado la taquicardia.
Por fin, antes de cortar sus cuerdas con cualquier recodo de cordura que pudiera quedarle, saboreó el momento despacio y supo entonces que aquel sería el instante más cercano del que estaría de la felicidad: a medio camino entre la valentía y el miedo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Cuando bajan las mareas

Cómo te atreves a volver, me hiciste daño pero sigo vivo; contigo yo me acostumbré a perder: mi corazón funciona sin latidos.

Quizá lo que acaba resultando doloroso es la forma en que dijiste adiós. Cuando yo quise pedir perdón, me tropecé con tu desgana y me precipité al abismo de tu olvido.
Parpadeé repetidamente pero no volviste a aparecer. Te busqué en conversaciones que no te conocían y acabé gritando, loca de rabia y de nostalgia, tu nombre en la sombra. En susurros antes de dormir. Entre suspiros que se llevaban lenta, pero inexorablemente, los últimos recodos de mi alma.
Mi playlist sonaba más triste de lo habitual y paradójicamente, también rehuía los lugares soleados por temor a que volvieras a cegarme.
Porque me quemaría los ojos con tal de verte volver y sonreír. Ícaro volvió a volar demasiado cerca del Sol y Luna se enfadó, muerta de celos.
Ya no sé qué excusa ponerme para dejar de pensarte a gritos entre las cuatro paredes de mi cortex cerebral; ya no sé qué decir para volver al momento en el que la rabia pudo más y las palabras salieron a borbotones de rabia y despecho contenido. Ya no sé qué hacer para que pienses en mí y cierres los ojos muy fuerte pensado que así mi reflejo no se evaporará.
Ni todo el frío del mundo puede presentar batalla a un invierno contigo en la distancia, que se pudre roto imaginando que vuelves para qudarte.

A veces solo echamos de menos lo que sabemos que no volverá. Ni siquiera Ecdl, Andrés Suárez o cualquier soñador, poeta y cantante ilustre conseguiría arrancarle un segundo al cronómetro de tu corazón.

Ya no puedo resistirme a las mareas y no puedo esperarte anclada a un mástil de un barco que sigue la trayectoria de Titanic. Voy a saltar, voy a quemarme y tú no vas a arder. La triste realidad se impone a una rutina vacía, ciega, absurda e inverosímil.
Te estoy confundiendo con las flores que adornan los defectos de las casas donde aún hablo de ti.
Si me canso de hacerlo un día, cierra los ojos y piénsame en bajito hasta que me estallen los oídos y me olvide del día en el que vivo y solo quiera, o pueda, esperar para abrir los ojos e imaginarte al otro lado del teléfono, con tu timbre tímido y mis ganas de comerme tu mundo.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Ya no necesito más tu tiempo.

Avanzamos de la mano de lo que nos vuelve frágiles.

Despacio y suave siento la oleada de frío abriéndose paso hacia mis costillas, mirando de reojo la infinita oscuridad que me rodea.
La sensación gélida me rodea el talle de la cintura y aprieta hasta el punto de recolocarme los huesos de la cadera como se le haría a una miuñeca rota. El alarido de dolor se ha quedado a medio camino entre mi garganta y mis ganas de alertar.
El espejo está sucio y roto sobre la repisa del baño, que desprende un hedor dulce y húmedo que fuerza las lágrimas correr por mis mejillas.
Me observo en silencio al trasluz de una bombilla pelada que pende del techo. Todo está a punto de desprenderse, incluso yo.
La imagen me abofetea repetidamente hasta hacerme caer exhausta sobre el suelo. Siento el peso de un cuerpo que no reconozco y el reflejo de unas carnes que no habían aparecido en toda mi lucidez prematura.
Las pellizco como si fueran a volatilizarse y desaparecer en la negrura de la estancia; como si pudieran pudrirse emponzoñadas por el odio. Pero no pueden, las he traído para que se queden y muy a mi pesar ya han reservado la suite principal del Palace para acomodarse y disfrutar las vistas.
No es mi caso.
No puedo articular siquiera una palabra que no supure vergüenza en cada uno de los poros de mi piel, corroida por el paso del tiempo.
No consigo ponerme en pie y me abandono a la paz negra de la soledad, fiel tormento que sabia llevar.
La costumbre de los últimos días rozaba lo dolorso y solo aquel frasco y su líquido podia sumirme en un sopor del que siempre despertaba.
Siempre la misma visión en aquel espejo. Siempre las ganas de abandonar. La persona fuerte que había crecido con esos huesos habia quedado, literalmente, aplastada por la inmensidad mórbida de su reflejo.
La rutina solo era un mero recordatorio de que aquello era real, tanto como el dolor sordo que aullaba al alba en sus caderas. Aquel armazón óseo se terminaría por desintegrar una madrugada de Noviembre con la única compañía del reflejo de la Luna y su humillante silencio.
Todo aquello podría acabar por fin.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Vívido presente.

A veces creo que la vida está sutilmente preparada para que al instante la ames y al instante la odies.
Y eso pasa en un segundo. En un parpadeo sientes la soledad sobre tus hombros como un peso que aunque ciego, es eterno. Y suspiras.
En ese suspiro da tiempo a que dos personas se besen, a sonreirle a un extraño y a terminar de leer un libro que te ha cautivado.
Y la vida, por toda paradoja posible, es el libro más especial que existe. El futuro está encriptado y escrito en un idioma del que aún no se tiene constancia; y el pasado está encuadernado en un tomo viejo y rasgado de tinta corrida y en el que a duras penas es posible juntar tres palabras con sentido.
Para el presente, la vida y su escritor tiene algo reservado. Algo llamado destino. Hay quienes se empeñan en ir tras su pista y correr al son de la pluma. Por contra, están los que esperan.
Los que esperan a que el semáforo cambie de ámbar a rojo y después a verde, los que esperan a que llegue el próximo tren, los que esperan en la cola más larga de un supermercado, los que esperan a que la tormenta pase...
Y la vida sólo quiere que esperes. Que pares. Que llegues tarde, que respires. Sólo quiere que en el momento en el que tengas que correr, te pares y entiendas que la esencia de la vida no es ser el primero o el último, el secreto está en ser, simplemente. Uno más, uno menos. Pero ser. No irte cuando acabe, no correr al siguiente reto. Permanecer. Durar. Resistir.
La vida te ofrece la oportunidad de correr, caerte y rasparte las rodillas; pero eres tú quien tiene que aprender a esquivar las prisas y, más que aprender a levantarte, aprender a no caerte.

viernes, 25 de noviembre de 2016

De refilón.

¿Sabes eso de que de pronto ves a esa persona que llevabas tiempo evitando pero que se te habia olvidado últimamente hacer, y se te cruza y te mueres?
Y no puedes huir o irte porque ha significado algo, está ahí y te está mirando con la ternura de antaño. Y de repente se gira y ves una mancha en su cuello y te acuerdas. Te acuerdas de por qué ya no le quieres ver a menudo o por qué te estás muriendo ahora. De pena, de rabia, de ganas... o de todo un poco.
Eliges no elegir(le) y que no esté en tu diana de puntería porque en caso de que lo esté el tiro al blanco puede ser devastador.
Y en el segundo que dura una mirada te montas cinco peliculas nominadas a premio por efectos especiales que acaban contigo entre sus brazos. No hay otro fin que sea posible para tu cabeza porque aún no te lo has sacado de ahí.
Puedes ignorarlo o puedes hacer como si no pasara nada o no existiera, pero sí que pasa. Pasa mucho. Y aún pasa más por lo que no ha pasado. Por lo que hubieras querido que pasara.
Y entonces piensas que tú estás bien ahora tal cual estás, sin agobiarte por nadie y sin sacrificios. Hasta que estás sola un instante y el mundo grita en silencio contra tu sien. Absolutamente todo se te derrumba y el derrame es frenético, como poco.
Pero estoy bien, viendote de refilón las marcas de otras y las sonrisas vacías que un día yo llené. Estoy bien porque ahora quizá trato de asumirte, pensandote a gritos mientras lees en la cafetería, y no esperando a que tu recuerdo se volatilice y deje de supurar.
Mi autocontrol está en el límite con pie y medio en el abismo. Este miedo a las alturas me viene grande y por si no estoy mañana, que sepas que el miedo pudo a las ganas y que el tiempo pondrá la tirita.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Primer persona del singular.

Dejé de tener esperanzas en el mundo cuando dejé de creer en mí poco a poco y empecé a creer en los pilares de la gente a la que siempre he considerado mentalmente inferior. Y sí, digo esto sin intenciones peyorativas o ególatras, digo esto desde mi verdad.
Perdí la esperanza en el momento en el que me creí que para estar en sintonía y paz con el mundo tenía que hacer lo que ellos decían hacer, y pasé a exigirme por dejabo de mis límites y muy por debajo de mi listón; solo porque era lo que ellos hacían.
Y a mí lo único que me llena es siempre dar más, mucho más de lo que a priori se espera que de. Llevar mi cuerpo y mi mente al límite de lo explorado y experimentar cosas con las que nunca me atrevería.
Alejarme de este camino solo puedo achacarlo al miedo, la desgana y al exceso de empatía. Y no hay nada que me pueda herir más que eso.
Me toca recoger vientos de una tormenta que no quise sembrar y me toca mirar un tiempo a un cielo nublado y gris. Sólo queda trabajar y ordenar las nubes para recolocar mi vida por trocitos y no dejar que absolutamente nadie me diga lo que tengo, no tengo, puedo, no puedo, debo y no debo de hacer. 
Yo escribo mis límites y nadie más puede atreverse a llenar de tinta las páginas más importantes de mi vida. Sobre todo si lo hacen por saciar su mediocridad mellando tus expectativas.
Quien se quede, que lo haga para acompañar y no dirigirme. A quien venga, que se quite los zapatos y tome asiento porque esto no es como empieza, lo importante es ver como acaba. Con quién es algo que me toca decidir hoy.
Más que nunca: yo, me, mí, conmigo.

sábado, 5 de noviembre de 2016

La canción que no termina

Esta cara de felicidad debería ser por tu culpa, pero no.
Suena contra mis costillas y mis cosquillas esa canción a capella, en acústico con el teatro abarrotado y las luces apagadas, miles de estrellas encendidas en una noche en la que Madrid tiene más escalofrios que frío.
Suena y la escucho reteniendo lo que creo que son lágrimas en los ojos y te miro con el deseo incontrolable de decirte que lo olvides todo y mientras él canta podamos ser otra vez, de nuevo.
Pero tú no me miras, no has sentido la conexión, no estás ahí y no quieres estarlo. Ya no.
Duele porque entre todos los momentos entre los que podría haber elegido para merecernos otra vez, no podría haber imaginado otro mejor ni más bonito. Y duele porque creo que solo me duele a mí, que todo lo que dicen las letras que tanto hormigueo me causan y que algún día compartimos en el asiento de tu coche no son más que los acordes en los que recuerdas otros ojos.
Ya no sé cómo mirarte, cómo hacerte sentir que no me he ido y que no quiero hacerlo ni que tú lo hagas. Solo quería bailar, cantar y llorar al son de una melodía que hicimos nuestra en otro tiempo más feliz.
El invierno llegó y se llevó el calor del verano, las risas y las vendas. Ahora la herida está abierta y nada en el mundo va a conseguir cerrarla.
Autoconvencimiento, eras para tanto.