domingo, 25 de diciembre de 2016

Ya no necesito más tu tiempo.

Avanzamos de la mano de lo que nos vuelve frágiles.

Despacio y suave siento la oleada de frío abriéndose paso hacia mis costillas, mirando de reojo la infinita oscuridad que me rodea.
La sensación gélida me rodea el talle de la cintura y aprieta hasta el punto de recolocarme los huesos de la cadera como se le haría a una miuñeca rota. El alarido de dolor se ha quedado a medio camino entre mi garganta y mis ganas de alertar.
El espejo está sucio y roto sobre la repisa del baño, que desprende un hedor dulce y húmedo que fuerza las lágrimas correr por mis mejillas.
Me observo en silencio al trasluz de una bombilla pelada que pende del techo. Todo está a punto de desprenderse, incluso yo.
La imagen me abofetea repetidamente hasta hacerme caer exhausta sobre el suelo. Siento el peso de un cuerpo que no reconozco y el reflejo de unas carnes que no habían aparecido en toda mi lucidez prematura.
Las pellizco como si fueran a volatilizarse y desaparecer en la negrura de la estancia; como si pudieran pudrirse emponzoñadas por el odio. Pero no pueden, las he traído para que se queden y muy a mi pesar ya han reservado la suite principal del Palace para acomodarse y disfrutar las vistas.
No es mi caso.
No puedo articular siquiera una palabra que no supure vergüenza en cada uno de los poros de mi piel, corroida por el paso del tiempo.
No consigo ponerme en pie y me abandono a la paz negra de la soledad, fiel tormento que sabia llevar.
La costumbre de los últimos días rozaba lo dolorso y solo aquel frasco y su líquido podia sumirme en un sopor del que siempre despertaba.
Siempre la misma visión en aquel espejo. Siempre las ganas de abandonar. La persona fuerte que había crecido con esos huesos habia quedado, literalmente, aplastada por la inmensidad mórbida de su reflejo.
La rutina solo era un mero recordatorio de que aquello era real, tanto como el dolor sordo que aullaba al alba en sus caderas. Aquel armazón óseo se terminaría por desintegrar una madrugada de Noviembre con la única compañía del reflejo de la Luna y su humillante silencio.
Todo aquello podría acabar por fin.

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