Quizá la esperanza sea lo último que se pierde. Quizá lo sea de verdad.
El hecho de que una persona genéticamente defectuosa piense que sus descendientes nacerán sanos y fuertes no es si no la esperanza que habita en el corazón, marchito, del padre o madre en cuestión.
Quizá sea la esperanza lo único que nos hace ver el golpe con menos perspectiva, esto es, el hecho de que exista una posibilidad entre mil de que algo ocurra no significa, ni por asomo, que merezca la pena intentarlo, y el hecho de pensar que sí lo hace, convierte a la caída en menos llevadera. Ello no significa tirar la toalla ante imposibles o improbables, ello significa saber nuestras posibilidades de éxito en todo momento para que así tengamos presentes todas las que no lo son. Quizá ese resquicio a la esperanza es el resquicio al golpe. Saber que las cosas pueden salir mar y no resignarnos fatalmente ante los acontecimientos.
La esperanza es, sin embargo, lo último que se pierde. El hecho de pensar que las cosas van a cambiar sin nosotros hacer algo de forma física hace que dichas posibilidades nos parezcan dudosas y pensemos que en vez de una, tengamos cien. Algo así como soñar sin cerrar los ojos. Volar con la mente al lugar donde tenemos ese triunfo e imaginar las consecuencias. Lo que no solemos valorar, lo que no solemos plantearnos es el resultado de que las cosas vayan mal.
Un mal examen, un accidente, una discusión... La caída duele algo más de lo que merece la pena intentar.
Quizá la esperanza se confunda muchas veces con la fe, con la diferencia de que esta hay que buscarla o crearla, que no es innata. De ahí la esperanza, la fe en las personas. Todo se resume a lo mismo.
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