lunes, 26 de marzo de 2018

Tu pregunta

En el momento en que me lo preguntaste, sentí cómo se esfumaba mi inocencia. Tú preguntabas imaginando una respuesta que yo no te podía dar. Que ni siquiera había pensado todavía. Y tu pregunta no era más que la respuesta que nunca había buscado y tanto necesitaba.
Y me cerré en banda a cualquier sentimiento que quisiera aflorar porque sabía que tu pregunta no era más que la punta del iceberg. Mi barco aún no estaba preparado para chocar, al menos no así, no para hundirse tan de repente. Varado en una playa que ya no reconocía como propia, una arena demasiado caliente por el Sol, tu Sol.
Fuiste la cerilla, la mecha, el fuego, la mascletá entera de Valencia. Un día que bastó para darme cuenta con una pregunta tan inocente como lo era en ese momento.
Y después vino la calma, la marea volvió a bajar y volviste a apearte en mi playa. Pero yo ya no era la misma. No te habría dado la mano con esa facilidad de las primeras veces. Pero tampoco entonces  me atreví a mirarte a los ojos y contestarte. Estaba demasiado ocupada ordenando y manejando mis emociones para que no salieran disparadas tras de ti. Estaba segura de que me ahogarías. Lo que no sabía es que yo solita tenía ya el agua hasta el cuello.
Ya no te veo en el horizonte, ni pisando mi arena, ni guardando las conchas. Estoy trabajando en una respuesta pese a que a ti no te importe lo más mínimo escucharla. No ahora. Lo entiendo. Te entiendo.
Hoy ya tengo la respuesta pero aún se me queda en la punta de la lengua. Necesito que vuelvas a preguntar y yo pueda rebobinar esa escena en mi cabeza y está vez hacerlo bien. Esta vez no separarme y darte un beso.

jueves, 15 de febrero de 2018

En mi dirección

La próxima vez que me mires, me vas a ver de verdad. Con todo. Porque me voy a dejar y te voy a absorber en ese instante que dura la distracción de volver a concentrarme en respirar.
Te he pillado mirándome con el semblante tan serio que me he apartado hasta casi temblar, y me ha dado miedo sostener la mirada.
Estoy buscando las fuerzas para que te asomes a mi abismo y te ancles bien con cuerdas antes de tirarte. Te aseguro que ni los paracaídas de emergencias funcionan conmigo.
Ya no puedo dejar de mirarte sin saber que miras en mi dirección sin disimulo, sin sonrojarme cada vez que lo haces y sin dejar de contraer cada músculo cuando te fijas.
Ya no creo poder soportar fingir un encontronazo, ni estar a dos pasos en el vagón con el resto del mundo suspirando en la nuca mientras intento adivinar que suena en tus oídos.
Ya no puedo evitar la adrenalina de correr por el andén para entrar a la misma hora en el mismo sitio y sonreír muy muy muy discretamente si te encuentro mirando entre el barullo.
Ya no quiero fingir que no hay más sitio en el alumnario que a dos asientos tuyos, mientras me esfuerzo por escuchar a alguien que no seas tú.

Y una parte de mí lo suficientemente grande como para ignorarla más tiempo quiere pensar que cuando me miras como lo haces, tú también quieres que pase.

martes, 31 de octubre de 2017

Tarde para cambiar

Mi mundo interior le está ganando la partida al exterior y cada vez son más difusos los límites. Me paso demasiadas horas soñando despierta y cada vez es más difícil hacer click y conectar de nuevo. Cada vez me encierro más tras una puerta con llave de la que solo abro la mirilla para ver lo que ocurre desde el otro lado. Pero la puerta está cerrada para la gente que, muy ocasionalmente, llama. Y está cerrada sin a veces tener yo la llave, o eso me parece; es como si no me permitiera abrirla.
A veces pasan por el descansillo recuerdos que me permití vivir y que ahora solo dejaría que pasaran detrás de la puerta. A veces, en esa habitación tras la puerta hay un poco de luz y música y puedo descansar y dejar de huir.
Supongo que, cuando estoy detrás de ella, hago todo lo posible por simular la vida que querría tener fuera. Y como el placebo que resulta ser, acabo conformándome.
Y es que la expectativa de vivirlo ya es de por sí meritoria de cualquiera de mis devaneos.
A veces, sin querer, me dejo la puerta abierta y alguien se intenta colar, pero entonces suenan tantas alarmas que incluso esa persona se asusta y sale corriendo. Y yo huyo de mi huída todo el tiempo, incluso cuando tomo aliento para poder correr otra vez.
No me permito ni un momento de duda - pese a todas las mentales- ni de error. Y, al fin y al cabo, ese acaba siendo el mío, el que me consume lenta pero inexorablemente las ganas de seguir.
Supongo que en algún momento la puerta dejará de abrirse porque las bisagras (de mi vida) se habrán oxidado lo suficiente como para querer chirriar más. Y yo sé que me quedaré impasible viendo como eso pasa, de igual manera que se consume un cigarrillo encendido.
Mi fuego está muy vivo, y si temo quedarme atrapada para siempre en estas cuatro paredes tras un manillar, casi temo aún más tirar la puerta de una patada y echarme en los brazos de cualquiera que me quiera consolar.
Porque deseo tanto que ocurra que las ganas ganan a todo lo demás y se acaban quedando con mi capacidad de discernir entre a quién sí y a quién no.
Igual esta continua pesadez en la cabeza me aletarga lo suficiente como para dejar de darle importancia y llega el momento en el que no puedo demorar más dejar que mi mundo interior me consuma. Lo está haciendo de forma implacable; y, si te fijas un poco, ya no puedo mantener socialmente la careta.
Tengo un pánico atroz a que llegue alguien que me mire a los ojos y me lea en un segundo todo lo que escribo tras la puerta. Que quiera entrar y no sacarme, sino quedarse a vivir ahí lo suficiente como para querer yo salir acompañada. Me da miedo que me miren a los ojos y me devuelvan una mirada que lo sea todo, que sea la llave, el reloj marcando la hora exacta de esa nueva explosión de big bang de mi corazón.
Y me da miedo porque sé que ya me he cruzado a esa persona y no he querido levantar la cabeza para no enfrentar su mirada, porque entonces todas mis expectativas querrán morirse de realidad.

domingo, 15 de octubre de 2017

Te quise sin miedos

Me entregué sin miedo, con la prisa de quien se enamora cada día en cada palabra. Cada vez que me robabas el aliento corriendo para coger el metro o dejando que pasaran, me colaba aún más. Sin precauciones, sin importar que algún día esa rutina solo fueran recuerdos.
Te enamoras de los recuerdos cuando el presente se hace añicos. Y ahora ya no coincidimos, pero yo sigo mirando entre la gente para ver si te veo, de pie frente al vagón.
Recuerdo la risa entre las paradas y el regusto de saber que me estabas calando y que me estaba dejando. Lo hacías tan bien...
Yo habría hecho tres transbordos en dirección contraria con tal de verte ahí, esperando con la cabeza torcida, la mirada perdida y la sonrisa siempre a punto. Me apuntaste, me dejé disparar y aún me estoy desangrado; poco a poco, sin tapar la herida para algún día dejarla de sentir.
Creamos un mundo aislado del nuestro, un mundo al que iba para vivir la intensidad que me aterraba del mío. Me dejabas vivir y sentir algo que no identificaba como propio.
Te abriste en canal mientras me mirabas esperando que lo que yo te dijera pudiera servir para algo. Me maté buscando las respuestas a tus preguntas sin saber que, al final, me dejarías con la palabra en la boca y el corazón ardiendo.
Hablábamos todo el rato sin importar la hora o el por qué. La excusa era deliciosa. Siempre era saber de ti.
El retiro nos aulló entre el barullo de la gente, y sentí que la luna nunca había estado tan cerca como entonces.
No podía entender cómo te habías colado tan adentro, más que nadie. No podía excusarme, y en realidad no quería.
Lo sentía y ya. Me equivoqué dando todo de mí sin un seguro, sin protegerme de ti y de tus idas y venidas.
No puedo culparte más de lo que me culpo a mí por dejar que pasara, no puedo tampoco culparme de que pasara porque yo no lo busqué.
Tú estabas en el momento oportuno y en el lugar exacto para conocerme. Mi vida te necesitaba y, aunque ahora creo que lo sigue haciendo, tú ya no me necesitas a mí. Al menos no como antes.
Yo no quiero dejarte ir porque es dejar una parte de mí que odié y amé a partes iguales en el cajón de los recuerdos.
Y, por mucho que me empeñe, tú no eres un recuerdo. Sigues ahí, lo suficientemente cerca para que al pasar aspire y no quiera espirarte. Lo suficientemente cerca para hacer que me ponga a temblar si me tocas.
Ya no puedo hacer que vuelvas y no sé cómo hacer para irme.
Te quise y te quiero, pero espero de verdad no quererte en mi futuro.
No me merezco sangrarte de esta manera.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Quién sabe

Mi cuerpo ya no me pertenece. Lo que siento ya no es mío. Lo que pienso dice menos aún de mí misma.
Solo consigo encontrarme cuando estoy sola en la habitación. Y entonces vuelvo a ser yo, unos minutos al día.
El resto del tiempo finjo que soy esa persona que crees conocer muy bien. Esa persona a la que le gusta dormir, comer y ver series como a todo el mundo. Esa persona que hace chistes malos y que tiene mal humor cuando madruga. Esa persona que juega al fútbol. Esa persona a la que parece darle igual lo que acabas de decir.
Pero si me conocieras esos minutos al día, sabrías que esa faceta mía es tan minoritaria que apenas te diría nada de mí. Porque tampoco sabes nada de mí. Si me montara en un vagón de metro y me quedara hablando durante dos horas con un desconocido, sabría de mí lo mismo que dices tú saber.
Así de impertinente es mi obertura.
Cierro los ojos y abro la puerta a esa parte de mi que se ha escondido siempre tras un mechón de pelo y unas gafas de pasta. Y cuando esa parte cruza el umbral, me siento tan distante que ni siquiera me reconozco en el espejo.
Me da miedo proyectarme así, así de diferente. Me da miedo quererme conocer del todo y dejar que el resto lo haga.
En mi caparazón no estoy del todo cómoda (de hecho nada cómoda) pero es la salida más fácil y cobarde que se me ocurre.
Acaba de volver a cerrarse la puerta y se me han acabado los minutos.
Vuelvo a ser esa persona aburrida que crees conocer. O quizá he encerrado la faceta diferente y estás a punto de conocerme.

martes, 12 de septiembre de 2017

Imagínate

¿Te imaginas dando siempre la respuesta que la gente quiere oír? ¿Como si satisfacerles a ellos fuera mejor que satisfacerte a ti?
O como si en realidad tuvieras siempre la respuesta acertada para todo. La que dice la verdad y escuece un poquito ahora y un poquito en el futuro. Como echar agua oxigenada en vez de alcohol.
Como si pudieras responder siempre en una décima de segundo lo que es mejor para todas las partes.
Imagínate que pudieras decir: "yo ahí no me meto porque me voy a hacer daño". Imagina que puedes agarrarte las ganas, hacerle un nudo y tirarlas al mar. E imagina, además, que ese nudo no se queda varado en la orilla.
Imagina que incluso cuando te metes sabes cuándo parar, cuándo retirarte sin romperte demasiado. Como si pudieras decir: "hasta aquí, que luego pica mucho más". Y pudieras irte y dejar todo como estaba; a las personas como estaban: sin conocerte mucho.
Imagina que le puedes decir "no" a esa vocecita de dentro que chilla "qué más da. Un poquito más."
Imagina que puedes controlarte y dejar de martillearte con lo mismo todo el día, tomando decisiones en silencio y haciendote promesas a cada punto y seguido.
Solo imagínate que puedes.

Y lo que más cuesta, imagina que después de habertelo imaginado todo, eres feliz.
Aún estoy aprendiendo a imaginar así. Estoy en pañales y no sé qué es mejor, que sepa o que no.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Te conozco bien

Disfrutar de la soledad en la compañia de los demás. Como si te pudieras recluir dentro de una bola transparente en la que te ven pero no te traspasan.
Y tú estás ahí, entre la multitud, siendo parte de ella sin proponértelo pero sin incordiarte.
Estás cómoda ahí, sabiendo que nadie puede rasgar. Sintiéndote libre e independiente. Segura y cómoda con esta nueva situación que te has permitido disfrutar.
Casi imponiéndote una soledad terapéutica para que emocionalmente recuperes y puedas ser una persona social con problemas burdos, aburridos y banales.
Tú, que lo haces todo interesante, sientes la satisfacción de conocerte mejor que nadie. Y a la vez, inevitablemente, la certeza de que nadie podrá llegar tan profundo como tú crees que puedes hacerlo.
Te sientes perfectamente distante respecto a los demás, y te parece bien. Todo está bien porque tú has asumido tu rol social. Participas e intervienes las veces suficientes para saber que estás ahí y estás bien, para no preocupar a nadie. Porque es verdad, todo está bien contigo mismo. Lo que está mal es la mentalidad de que la compañía social es mejor que la personal.
Y en realidad eres tú quien se preocupa más de lo necesario, quien planifica para tener a todas las partes conformes. Porque así crees que lograrás estar tu conforme.
Y entonces das el paso. Te aislas, esta vez de verdad. Eliges el camino unidireccional de la soledad y lo eliges con todas sus consecuencias. Pero tú ves el lado bueno, el lado positivo. Porque lo hay, siempre lo hay cuando se trata de conocerse mejor.
Y toda la gente que volaba muy cerca tuyo empieza a hacerlo cada vez más y más alto. Y tu ahí no puedes respirar, hace más frío de lo habitual. Así que decides seguir volando, ocasionalmente encontrándote con esas personas. Esas que te hacen pensar que tú ya no eres la misma. Es verdad.
Ahora ya no te puedes esconder. Y tu lema luce mucho más claro ahora:

Yo, me, mí, conmigo. Presente singular de la primera persona para todo.

Y solo cuando lo asimilas es cuando empiezas a disfrutarlo de verdad.

"Sí, me he conocido. Y sí, estoy encantada de haberlo hecho."