Sé que no me vas a entender.
Sé que piensas que nunca pasa, pero a veces ocurre.
Llega ese mensaje por el que miras el móvil de reojo cuando no te habla nadie. Llega y no te lo crees.
El nerviosismo, las dudas, el contestar tarde, releerlo.
Pasan dos minutos y la alegría pasa al estómago, que se enfurece. Sabía que esto podría pasar pero no hay nada que te puedas tomar que sirva para combatirlo. Siempre hay alguien por quien pierdes todas las batallas, incluso aquellas a las que no vas.
Requiere toda tu atención, y aunque esa persona no lo sabe, el mundo se reduce a una pantallita de móvil, a un teclado y al maravilloso y absurdo intento de poner algo de ingenio y amor propio en un solo mensaje.
Pero tu mensaje es una foto. Sales sonriendo y guiñando un ojo a cámara. Y yo imagino los tres libros que ya te habría escrito de mirar la foto tres veces. Pero tú eso no lo sabes, claro.
Y esa pantallita de móvil vibra casi al instante otra vez. No pierdes la atención para que yo no pierda la mia.
Siento esa fuerza imparable que te dice a voces que es esa persona, que no te has equivocado, que a veces esperar es en apariencia algo más.
Y es absurdo como puede quedarse toda tu atención en algo tan abstracto como una línea de red y un mensaje. Piensas en cómo verían de lejos esto la gente de los años 50.
Y entiendo que ellos no lo entiendan, porque ni yo misma entiendo cómo puedes removerme tantas cosas con un guiño y una sonrisa si estás al otro lado del charco.
No quiero entenderlo porque por cada diez pasos que me alejo de ti, basta con medio tuyo para que vuelva a desandarlos otra vez.
Supongo que no puedo hacer más de lo que hago por resistir estas ganas de decirte que ya te echo de menos, como antes. Y que además, no he hecho planes para dejar de hacerlo.
Claro que eras para tanto
lunes, 21 de agosto de 2017
Aunque tú no lo sepas
miércoles, 9 de agosto de 2017
De camino a casa
Voy en el coche y el motor ronronea entre las calles de Madrid. Cruzamos Plaza España y Príncipe Pío en un suspiro, un descenso incesable por donde circulan los demás vehículos sin darse cuenta que vamos al lado. La ruta es suave y las ruedas parecen acariciar el asfalto, la noche, que no es estrellada, refleja a veces en las farolas los restos de un día que toca a su fin.
La luna, llena sobre el cielo no tan azul, se ve más brillante que el Sol, más cerca. Sonrío al imaginar que estamos viendo el mismo astro desde la otra punta de Madrid. Que quizá tu has salido a tirar la basura y te has fijado, y aunque sé que no es así, te has acordado de la noche que caminamos Retiro abajo deseando verla llena otra vez. La luna, y ahora lo que queda de lo que fue.
La música llena el espacio y desde mi asiento de copiloto la subo y empiezo a cantar. Miro relajada por la ventanilla como si fuera la primera vez que veo el arcén, los edificios y las casas al fondo.
Me fijo en los carteles y todos los destinos que marcan e intento imaginarme en todos ellos, haciendo escala en los moteles iluminados y las vías de acceso (y de escape, quiero pensar).
Me noto distanciada de todo lo demás, deseando que el viaje se prolongue unos minutos más, que esta sensación me acompañe al menos tres canciones de vuelta.
Aeropuerto, T1 llegadas. Cojo el teléfono y llamo. Contestador. Llamo otra vez. Hablamos. No estoy nerviosa, solo quiero verte salir por la puerta del parking arrastrando tu maleta, con la cara quemadita y el sombrero en la cabeza. Levanto la barbilla y las sonrisas se encuentran, la tuya aterriza provocando todas las ganas de repente.
Hace frío en la calle. Agosto en el corazón pero invierno en la piel. Subes al coche y volvemos. Hablamos como si no llevaras días fuera y sé que aunque no me interesara lo que cuentas te escucharía igual. Sé, mientras suena una canción que me pone aún mas blandita, que el miedo que sientes de pensar que alguien se ha vuelto un extraño pasa, igual que pasa el echarte de menos en mis planes; hablarle de ti a los extraños, y hacer como que estás ahí a cada instante.
Y cuando ya estamos llegando suena de pronto y por primera vez en años, Alex Ubago. Te bajas del coche ignorando la magia del momento y siento que se me activa un interruptor dentro. Mis emociones están de vuelta y escucho prender los fuegos artificiales.
Mi corazoncito y la coraza lo celebran como una fiesta, y entre que vuelves a entrar, me da tiempo a poner solución a cuatro guerras mundiales.
Echar de menos duele el primer día y se acopla el segundo. El tercero hace cosquillas y el cuarto es negación. En el quinto duerme, pero al final de semana se despierta con cuatro besos y tres risas.
Estás aquí, conmigo.
domingo, 6 de agosto de 2017
Declaración de intenciones
A veces me pasa que pienso en alguien y justo me escribe, o entro en Instagram y veo que acaba de colgar una foto. A veces sueño con alguien y al despertar tengo un mensaje suyo, y a veces, pero solo a veces, esa persona también ha soñado conmigo.
A veces me pasa que pienso en una canción que me encanta pero que hace mucho tiempo que no escucho y justo, enciendo la radio y está sonando. Y me permito tres segundos de esa melodía sonreír como una idiota por esa casualidad.
A veces me pasa que dejo de ver a alguien un año y después en tres días nos vemos todo el rato. Y no me sale qué decir para explicármelo.
A veces me pasa que el día encadena una serie de malas noticias que me parece completamente inverosímil que no haya llegado la noche para poder dormir y olvidarlo.
A veces me pasa que me apetece mucho cenar patatas fritas, pero muchísimo, y cuando llego a casa después de todo el día en la Universidad están ahí, esperando en mi plato.
A veces me pasa que tengo que hacer tres transbordos y el metro se me escapa en las narices en todos ellos. Siempre me toca esperar y nunca me quiero volver a subir.
A veces me pasa que me gusta mucho una persona que sé que nunca se va a fijar en mí, y es justo eso lo que a veces me gusta. No el imposible, sino el hecho de seguir creyendo que puedo enamorarme sin saber sobre seguro que va a ser recíproco. Y solo una de cada mil veces que pasa, me da igual que no lo sea.
A veces puedo tumbarme en mi cama, concentrarme mucho y ser capaz de escuchar el vaivén del mar e incluso sentir el viento rozando mi cara con sabor a sal.
A veces me pasa que pienso en todas las cosas que quiero hacer y me doy cuenta de que necesitaria un par de vidas más para conseguirlas. Y llega un día en el que no me levanto de mal humor y consigo hacer la mitad de esa lista antes de volverme a dormir. Y eso es lo que más me gusta de mí.
A veces me pasa que pienso en todas las pequeñas casualidades que se cuelan en mi día a día, perturban mi rutina y me hacen parar el ritmo.
Y bueno, sobra decir que algunas de esas casualidades tienen nombre y apellidos.
miércoles, 19 de julio de 2017
Camino no tan unidireccional a la soledad.
He encontrado refugio en la soledad. La herida se ha hecho costra por fin y ya no siento la absoluta necesidad de querer arrancármela todo el tiempo.
Me siento mejor de lo que esperaba, aunque peor de lo vívido vivido.
A veces siento que vuelo y las nubes se vuelven algodón y su breve roce me hace levitar aún más fuerte. A veces, me siento fuerte. A veces escucho a Andrés cantar y me embarga una sensación de miedo, porque yo no quiero sentirme así, como él, con el corazón tan roto. Pero el miedo hace que cierre los ojos y me concentre; y entre suspiros consiga la paz que dan unos acordes y la voz más bonita del mundo.
Y entonces sí, me pierdo. Me quiero ir, y me voy.
Me encierro en una habitación sin llave y sin puertas. Tampoco paredes. Me siento mucho mejor y entonces sí (ya sí), abro los ojos.
Ese limbo momentáneo es lo más parecido a encontrarme que he tenido en mucho tiempo. Y cuando por fin lo hago, lo único que vuelvo a buscar es cómo perderme otra vez.
Porque que no te engañen, lo mejor en este mundo no es amar a otra persona, ni siquiera las aceitunas Camporreal o las patatas fritas, lo mejor es encontrarte cuando no sabías ni qué buscar.
A mi yo de hoy
Perdón.
Perdón por escribir ese mensaje lleno de intenciones a alguien que las perdió hace tiempo.
Perdón por insistir, una vez más.
Perdón por querer saber cómo estás. Perdón por morirme de ganas de que tú quieras saber cómo estoy yo, así, sin ti.
Perdón por engañarme cada vez que (me) lo repito y cada vez que me ilusiono.
Perdón por no perder la esperanza.
Perdón por, aún sabiéndolo, seguir.
Y sobre todo, perdóname por saber que una parte de mí quiere hacerlo aunque duela, pensando que quizá así escarmiente y te borre para siempre.
A ti y a todos los que vendrán.
Gracias por sacarme esa fuerza, persistir y resistir al impulso de mandarlo todo a la mierda un par de veces al día. No se tuercen mis ganas.
jueves, 13 de julio de 2017
Tú lo sabes
¿Sabes esa sensación de conocer a alguien y pensar que en ese segundo las cosas van a empezar a volar a tu alrededor y van a chocar en cualquier instante?
Pues de repente tú.
El impacto de conocerte.
La caída de mirarte sin poder esconder la vergüenza que me da hacerlo.
Tropezarme cerca, al azar, queriendo.
El mareo, la lágrima de emoción, el corazón como una bomba a punto de estallar.
No saber decirte que no.
Soñar, todo el rato, sobre todo despierta.
Darme por perdida y entender que rememoraré este recuerdo una y otra vez, hasta que en mi mente tenga el suficiente sentido como para cogerte de la mano y dejar que me lleves.
Y después caer. Me duele aún sin proponerme intentarlo. Duele y es algo que no se va a ir. Aunque tú te vayas, la espina de mi cactus no lo va a hacer, pinchando una y otra, y otra vez.
¿Qué puedo hacer? Yo también quiero dejarlo.
miércoles, 21 de junio de 2017
Me quemo
Me ahoga, me asfixia, me quema, me pudre, me mata.
Ya no pienso en ti, pienso en mí y en todas las posibilidades perdidas, todas por miedo.
Miedo a querer, a que me quieran, a darme una oportunidad, a querer abrir los ojos. Miedo a externalizarme y dejarme llevar, sentir y vivir.
Me crece la inseguridad y la angustia en el pecho y me aprisiona como una enredadera que nunca llegó a talar. Mi miedo sólo la riega y le da sol para que no cese.
Y no sé si de aquí a mañana he terminado de volverme loca, bajo a la calle y te lo grito, o asumo -de una vez por todas- que no voy a tener el valor de juntar a la parte que más miedo me da sacar con la que ya conoces.
La impotencia me grita al oído y lo odio. Me consume.
Ya no tengo ni fuerzas para retenerlo más tiempo dentro, es una bomba con cuenta atrás a punto de reventar.
Ojalá pille cerca a esa parte de mí que se escapa y sale corriendo cada vez que me permito de más.
Que ya no quiero nunca más ser de menos.