domingo, 16 de abril de 2017

De corcho

Es como si de repente me hicieran vacío entre el hueco del pecho y el estómago y me hiciera una bolita. Estoy bien así, conmigo, pero mi mente viaja rápido y está en otras manos, entre otros brazos y ahí reconozco el bienestar (que no es lo mismo que estar bien).
Entonces imagino el daño que aún no me has hecho y las ilusiones (que aún no has sembrado) destrozadas, las rutinas rotas y las noches en vela. Y entonces comprendo, incluso antes de empezar a quererte como tú quieres que lo haga (y como yo me muero de ganas de hacer) que nunca sabré ser las estrellas para la luna, la anchoa para la aceituna o el Madrid para la Champions.
Si cierro los ojos imagino todo lo que haríamos y el presente me parece lejano y una invención pasada de algo que abrió las puertas a un 'nosotros'.
Pero no me malinterpretes, si dueles es porque me he imaginado tan feliz que me ha dado vértigo. He querido volar tan alto que al coger carrerilla el impulso me ha dado un vuelco y me ha dejado ahí arriba, esperando a que los 'bomberos' me bajen.
Estando ahí arriba es donde lo he comprendido todo. Lo he visto con perspectiva. Como dice Risto, tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad, pero nuestro magnetismo ha creado un nuevo microuniverso y sentirse 'de otra órbita' me parece lo más afin al nuevo estado en mi corazón.
No, no estoy dormida, ni en el cine ni ocupada.
Estoy encorchando el vino de mi corazón para que con los años, se haga de la mejor reserva del mundo.
No, no estoy preparada (y aunque me temo que nunca lo estaré), no tengo fuerzas para soportar el desastre que traerás contgo.

El ciclón dio paso a la tormenta pero al final salió el arcoiris.

martes, 11 de abril de 2017

Mi mañana

A mí lo que me da envidia no es lo que hacen, es que puedan soportar vivir haciéndolo. Habiendo tomado el riesgo de que 'eso' no les guste a los que están a su alrededor (sus pilares) y puedan sentirse desplazados. No asumo que les de igual, pero presupongo (y probablemente no me equivoco) que son personas valientes que se han plantado de pie y no piensan arrodillarse.
Eso es lo que admiro tan embelesadamente. Que no tengan que esconderse de lo que les gusta, que puedan vivir de lo que disfrutan. Algo que para otra persona podría ser un tormento, otros lo exponen incluso a riesgo de quedarse solos.
Es verdad, quien no arriesga no gana (pero tampoco pierde).
La mayoría de veces hacen cosas que te parecen sencillas cuando las ves, sentado en el sofá de tu casa, pero la magia es precisamente esa. Parece fácil y al alcance de tu mano, pero no lo es. Parece fácil porque está bien hecho, porque la manera de acercarlo al público es sublime y tan exquisita que sí, incluso piensas que tú también podrías. Pero no, no es así (al menos no de la manera que ellos lo hacen).
Sin embargo, incluso pudiendo ser tachada como una hipocrita, me reafirmo en lo mismo: yo sí podría hacer eso que admiro de la gente que sigo. Porque en alguna parte de mí -que no dejo salir- lo siento puro y verdadero, pero no, no es hoy ni ahora. El día que el corazón ruja de verdad el sonido será tan estridente que todo lo que habías escuchado antes te parecerá mentira. Porque lo es.
No traigo la verdad porque solo doy paso a la mentira cada vez que me levanto, solo digo que el día que encuentre esa fuerza vital y me envalentone, mejor quieras estar preparado y te eches a un lado.
Lo mejor está por venir, no está pasando.

lunes, 10 de abril de 2017

Inspiraciones

Aspiró.

La vida le pareció sencilla y frágil en ese momento, como si pudiera encerrarlo todo con el puño de su mano. Lo bueno y lo malo.
Vivía con distinta intensidad los acontecimientos que antaño le habían reportado una felicidad plena, y aunque ahora entendía el por qué, el tiempo había hecho mella y había astillado el bosque de sus pensamientos. Nada parecía igual. Se veía lejano, sintiéndose una extraña en su vida, como si no le perteneciera.
A veces llegaba a aislarse tanto que su burbuja espacio temporal la llevaba a otra época y otra forma de vivir, y cuando despertaba del sueño, todo a su alrededor parecía estar en otra dimensión.
La gente que la rodeaba a veces parecía atravesarla, como si en vez de hablar con ella lo hicieran con alguien que estaba detrás, alguien que sí se sentía como ellos. Parecía habitar un cuerpo que no terminaba de conectar con la red neuronal que la ataba a ese juego dimensional.
Todo le parecía laxo, como muerto. Se sentía atada por su entorno y a menudo imaginaba lo que haría a esa hora, las 3:05 am si se encontrase en otra situación y con otras personas. La tentación era grande, pero sabía que al final se cansaría del riesgo, de la inexactitud de vivir hasta quemarse, y volvería avergonzada a pedir perdón a una rutina muda y ciega.
Ella seguía ahí, en la mitad justa de dos mundos a los que no terminaba de pertencer: por un lado se sentía cuerda, sencilla y de costumbres mundanas, pero cuando dejaba libre su imaginación volaba literalmente para liberarse de todas las ataduras del mundo exterior. Era como un niño que quiere salir a jugar constantemente. Lo hace, pero se cae y llora, y vuelve corriendo a que le sanen las heridas. Cuando se recupera, vuelve a jugar y por ende, a lastimarse las rodillas.
Asumo que algo así es lo que le pasaba a ella, pero en vez de caerse, se rompía emocionalmente. Ansiaba sentir el vértigo que te acorrala y te hace sentir viva, pero cuando lo tenía, no sentía que se lo mereciera y lo dejaba ir, corriendo en dirección contraria y sin echar la vista atrás por si la seguía.
Era una cobarde. No sabía afrontar y ser consecuente a lo que anhelaba. Su niña interior quería salir a jugar, pero ella cerraba los ojos y la ataba para que no pudiera, haciendo sangre de una herida que no terminaba por llegar.

Expiró.

Una ducha mucho más emocional

Se dio cuenta de todas las mentiras que se había estado haciendo cuando salió de la ducha aquella noche. No estaba sola, pero si cerraba los ojos se veía desdoblada en un ente con el que podía entablar conversación. Así se descubrió a ella misma y por una vez en la vida se entendió, como si aprendiera de nuevo a hablar.
Sus pensamientos, lejos de ser difusos, eran más claros ahora. Todo tenía sentido. Recordó las anécdotas más extrañas que habían hecho elegir su forma de esconderse ante el problema. Es verdad, tenía un problema. Se sentiada emocionada porque al fin había conseguido descifrarlo. Su cabeza bombeaba con fuerza nuevas formas de ponerle solución, y todas morían cuando apenas habían nacido.
Se sentía poderosa y orgullosa de conocer el mecanismo tan complejo que formaba. No entendía qué había podido pasar para detonar aquella verdad. Suponía que ducharse era de lejos la mejor manera de solucionar su vida en 10 minutos. Cuando caía el chorro de agua caliente se prometía que cambiaria muchos aspectos negativos en su vida, pero al cerrar el grifo y salir afuera, tal como sucede en la vida, el frío la dejaba paralizada y perdía toda esperanza de conseguir sus objetivos.
Empezó a hablar en voz alta cuando estaba sola como si su interlocutor estuviera de cuerpo presente, y se acostumbró al profundo silencio que rebosaba a su alrededor como única respuesta a sus preguntas.
La obsesión creció al término de semana y se expandió de su cabeza a su corazón, como un tumor que sufre metástasis.
Valoró tratarlo con quimio y radio, pero se dio cuenta de que si lo hacía, también mataría todo lo bueno que le quedaba (y ese era un precio que no estaba dispuesta a pagar).
Al final, como sucede con la mayoría de los problemas que se hospedan como bandalos y ocupas en nuestra cabeza, decidió ignorarlo y hacer como si no estuviera.
De hecho, actuaba contradictoriamente a aquello que valientemente había prometido hacer en la ducha. Ahora todo se había empañado y ya no le parecia una cosa tan genial sentirse diferente.
Añoraba lo mundano de la gente a su alrededor y pronto se fue marchitando, dejando que su primavera no conociera el sol y el calor. Sentía un invierno siberiano en la piel, acompañado con un vacío negro que no se dejaba asímisma llenar.
Se empezaba a cansar de negarse una realidad que sufría a diario y empezó a pensar otra vez en revelarse, pero sin más fuerzas que la negativa precedente que escuchaba sin ni siquiera preguntar.
Se sentia hostil, como si no perteneciera realmente al sitio en el que estaba. No encontraba hogar para los pedacitos que la habían debastado, y cualquier atisbo de felicidad compartida a su alrededor se sentía como un recordatorio de la barrera. Quiso derribarla entonces a puñetazos y patadas, pero se sentía impotente. Era increíble la manera en el que el destino estaba jugándosela, y sobre todo, la impasibidad que no podía vencer.
Se encontraba más que nunca en un coma emocional y solo despertaba un par de minutos al día para comprobar que seguía ausente de la realidad de marionetas que seguía construyéndose alrededor.
Triste y ya no con tanta fuerza quiso abandonar, pero tampoco podía. Quiso mezclarse entre la gente y evitar llamar la atención. Dolía de una forma suave y dulzona al principio, y pronto descubrió que si no hondaba en esos pensamientos no terminaban por derrotarla. Solo se sentía con ganas de luchar cuando no se presentaban más alternativas que hacerlo, y reprimia cada impulso por sacar su ente combativa y revolucionaria.
Aunque aún no había entendido bien el proceso del cambio, se vio de repente a si misma en un espejo, cinco más vieja y rozando con sus manos la puerta de la felicidad. No quiso acabar de ponerle rostro, pero no, ya no estaba sola.

lunes, 30 de enero de 2017

Amor egoísta

Jugar es todo lo que le pido a la vida. Incluso aunque pierda, prefiero intentarlo, meterme y mancharme hasta el cuello que fracasar sin haberlo sudado.
Nunca sabes qué -o a quién- encontrarás cuando bajas la cabeza y desistes.
La vida es persistir, resistir, perseguir el elixir del existir (LDS) y hacer camino hasta no poder dar un paso más. Tropezar y caer, trastabillar y ponerte a bailar, romper la piedra a tropiezos y no dejar de intentar luchar por lo que -o por quién- te hace feliz.
La concesión hormonal dura un instante tan efímero como lo es un parpadeo para otear una media sonrisa en la cara de un extraño en un andén repleto de gente.
Prefiero pensar que vivir es todo aquello que ocurre entre sonrisa y sonrisa (y no entre suspiro y suspiro). Ese paréntesis es más una supervivencia necesaria que nos permite apreciar, tocar y ponerle cara a la felicidad.
La tendencia es obsesivamente clara: ponemos en tela de jucio -peyorativo- lo que no entendemos por miedo a demostrar nuestra ignorancia. Lo que se sale de nuestro cerco y zona blandita pasa a ser la burla constante de nuestros días. Nadie nace odiando, se aprende enjuiciando la vida (aparentemente más bonita) de los demás y tratando de romperle los esquemas. Que sienta nuestro dolor y nuestro pánico.
Solo porque tenemos miedo no intentamos aprender a ser felices, intentamos que a nuestro alrededor se vuelvan tristes y mustios para encontrar algo que nos reconforte en nuestra miseria. Como si nuestro gozo fuera sentirnos pobres de espíritu. Hemos interiorizado que sentirnos miserables entra dentro de la monorrutina horaria de nuestros días.
El lema es sencillo, 'si yo no puedo tenerlo, que nadie más lo tenga'. Así con todo y así nos va. La vida no es injusta, es simple, somos nosotros quienes pensamos que la justicia es un ente cuantitativo y que por tanto podemos medir su amplitud. Como si fuera algo concreto. Como intentar ponerle diques al mar. Como intentar encerrar el amor en una poción mágica de enamorados (así de absurdo suena). La justicia solo es una herramienta para hacernos sentir iguales en un mundo desigual.
Todo artificio del hombre, por definición, es una construcción que media para un fin: contentarlo a todo propósito. Pero la justicia es lo suficientemente abstracta como para reírse de nuestra inocencia mal lograda.

En base a lo que dijo en su día Einstein, tratar de valorar las mismas aptitudes (y actitudes) en personas distintas y juzgarlo como 'lo más justo' solo lleva a la devacle armónica de nuestros pequeños multiuniversos.
Somos plurales y distintos y eso es, en tiempo real y preciso.

La vida está ahí para que la cojas y decidas tomar las riendas, no marearte y elegir bien la compañía.
Por cada persona que te de la mano y te impulse a seguir, a luchar, habrá diez que te pondrán un techo de titanio para frenar tu avance. Incluso aunque de esa manera ellos no puedan avanzar tampoco.
Para otros diez serás el necio que lo intentó -y hasta ahí podrán leer antes de que les saques de tu vida.
Pero es que mientras haya una sola persona que te mire y sonría aunque te caigas mil veces, te equivoques y fracases, para mí merecerá la pena intentarlo. Sé que extrapolar este razonamiento a tu madre, padre o hermano es lo más sencillo, pero yo hablo de uno mismo.
Todos los gurús espirituales se han equivocado a lo largo del tiempo, o en realidad no han precisado bien. La fuerza más poderosa sobre la faz de la tierra es el amor, sí, pero siempre hacia nosotros.   -Amor propio como participio activo y constructivo de nuestra identidad.-
Nadie luchará por ti como tú lo haces.
Incansable, incesable, imparable.
Sólo tú sabrás lo difícil -y lo que disfrutaste y aprendiste- para poder llegar. Incluso cuando no llegas.
En ese momento es cuando miras un palmo detrás y encuentras la otra clase de gente. Porque si había diez que te iban a frenar (y son los que a menudo triunfan) siempre hay un par que retrasarían su avance para que tú pudieras dar un paso. Sobre todo para que tú no dieras un paso hacia atrás.
Con algo de tiempo he llegado a entender que esta última clase de gente, no son solo gente, son personas. Y somos de quienes nos miman despacio y bien. Trabajan en la sombra diciendo 'no mires hacia abajo' para que el vértigo no te atenace y te caigas. Tienen el corazón tan grande que, a veces, y más de las que me gustaría admitir, les ciega ante una verdad (mi verdad).
La ostia es parte de la realidad y parte del proceso de aprendizaje. Es el camino rápido y doloroso. El práctico. Después de experimentarlo, y solo después, entiendes a las *personas de corazón grande* y su afán por mantenerte en volandas.

El egoísmo del hombre no llega a imponerse nunca, siempre hay un resquicio que lucha y reivindica. Con las manos en alto y la mirada al frente. Sí, son las *personas de corazón grande*.

lunes, 23 de enero de 2017

Ejercicio de comparación

Cuando te pones malísimo físicamente hablando, casi cualquier desasosiego mental te parece una memez.
Me parece un buen ejercicio de comparación para poder atisbar, aunque solo sea de lejos y momentáneamente, lo que echamos de menos cuando se nos niega algo.
Extrapolo necesidades básicas como dormir sin agobios, comer lo que te apetezca e incluso beber agua a situaciones límites de pérdidas personales.
No es lo mismo decidir consicientemente dejar de hacer algo - o dejar de entablar contacto con alguien - a que te impongan la negación física de lo mismo. Más que aprender a valorar el significado de lo que nos rodea, sirve para apreciar y disfrutar los pequeños detalles que hacen del día a día algo más allá de la rutina.
En esta vida hay prioridades y saber establecer cuáles son las nuestras es un imperativo. Todo es una elección incluso cuando no es consciente. El hecho de negar (o no) su autoridad solo da razón a este argumento. No hace falta escayolarse una pierna para anhelar echarse a correr o perder para siempre alguien a quien ya nunca vas a mirar para quererlo el doble. A veces un toque de atención es suficiente para pararnos a pensar un poquito más sobre quién o qué merecer prioridad.
Mi cirscunstancia es simple. A menudo me doy cuenta tarde de las cosas y llego cuando todo es una nube gris a punto de echarse a llover. Pero no me hace falta ver granizar para echar de menos el Sol, al igual que no me hace falta discutir para querer algunos regresos con todas mis fuerzas.
No todo el mundo viene para quedarse, y aunque mezcle intenciones haciendose un hueco entre mis brazos, sé que la mayoría de veces es porque necesitan curarse antes de despegar (otra vez).  Y este es un hecho tan real y tan cierto como el respirar, lejos de levantar suspiros melancólicos ha abierto mi mente un palmo más, y puede que sea medianamente capaz para saber interpretarlo cuando ocurre.
El problema radica en equivocarse. El error de empalelar un sujeto con la pegatina de estable y colega es sinónimo de que tus prioridades se tambalean como un terremoto a pequeña escala. Y piensas que cuando se van las echaras de menos - como si antes no las hubieras valorado lo suficiente - pero las cosas no funcionan así. No puedes quedarte esperando con miedo el curso irremediable e inexorable de las cosas. El destino te mece a sabiendas de que las decisiones conscientes que tomas te llevarán a un espectro amplio de personas y experiencias. Si tienes vértigo mientras ocurre no podrás disfrutar al máximo de lo que estás viviendo y tus recuerdos, el día de mañana, no serán más que líneas mojadas en papel de servilleta.
Nunca te acuestas sin saber algo nuevo. Mi lección de hoy es simple: prioridad a quien te la da; las cosas ocurren con un motivo. Somos artífices de nuestro destino.

sábado, 21 de enero de 2017

Nada llega.

Me siento terriblemente incomprendida. Y es terrible porque no encontrar consuelo al abrir los ojos frente a un problema es en sí el problema.
No es un problema de encajar o de una primera impresión, es de compatibilidad.
Es como si tuviera una visión idílica de las relaciones puras a mi alrededor con gente con la que me esfuerzo en comprender pero que no veo que se sientan en reciprocidad por comprenderme.
Como si llegara tarde a grupos preformados y cerrados en los que a veces no me atrevo ni a compartir una impresión sobre algo porque siento que si me conocieran, no me haría falta verbalizarlo.
Es un mundo paralelo en el que la gente ya se conoce y se visita a diario, han creado un vínculo lo suficientemente fuerte como para compartir todos los aspectos de sus vidas.
Y entre medias estoy yo. Desencanjada. Sintiéndome pequeñita entre enanos que solo me necesitan con una frecuencia dolorosa y estrictamente interesada.
No es una sensación de rencor o envidia, lo único que consigo encajar es pena. Un pozo inmenso y seco. Abandonado a su suerte.
Cuando tu día a día se basa en relaciones más vacías de lo que te esperas, acabas vaciándote de emociones fáciles que te arrancan una sonrisa.

Acabo creando fobia a entablar amistad, refiriéndome a esta como una relación profunda, sin maquillar, detallista y sincera. Y al final me he vuelto una perfeccionista en contactos basura superficiales y banales que solo me hacen recordar que no soy lo suficientemente apta como para ser una más. Un rebaño fenotípicamente feliz al que no puedo acceder.
No puedo hacer más que mantenerme aparte viendo como la gente se promete un camino juntos, mientras el mío es sinuoso y oscuro.
Lo peor, o lo mejor según se mire, es la sensación reconfortante que me produce estar a solas conmigo misma, autosatisfacer mis necesidades sin ningún otro contacto social y sin volcarme por ser comprendida.
Y quien realmente llega a raspar la superficie se encuentra con una barrera física que le impide salvarme a diario de un barranco que tiene mi nombre y me susurra de noche.
Lo que más duele es ser consciente de la realidad y de terminar pensando que al final no eran ellos los raros, era yo. Porque independientemente de la gente que me quiere (incondicionalmente), la mayoría no lo han hecho como una elección libre y premeditada. No me refiero a ello como una imposición, pero es raro.
Querer es entender que antes que matar por alguien, serías capaz de morir por. Y aunque he madurado lo suficente como para saber que mi familia no dudaría, duele muchísimo darse cuenta de que a tu alrededor, en ese núcleo por el que darías hasta el último aliento, la gente encuentra su pareja de baile. Y yo no hago más que pisarme los pies cuando la música suena. Debe de ser que sueno en otra sinfonía, otros acordes y otros instrumentos y aún ningún músico se ha atrevido a leerme.
He intentado volar sola pero inconsicentemente cuando consigo elevarme unos metros y el viento sopla de mi parte, me da por mirar hacia abajo y el miedo me paraliza (una y otra vez).
No sé entender que las cosas pueden ir bien y que no es algo que tenga que cambiar. Simplemente ocurre.

Y sí, al final esto también pasará.