lunes, 21 de marzo de 2016

Príncipe de Vergara

Apareces detrás, justo detrás, cuando me doy la vuelta. No sonríes pero me miras con unos ojos azul cielo que por un momento me hacen ver las estrellas.
Mantienes la distancia pese a que el metro va prácticamente vacío, y subimos tres tramos de escaleras mecánicas infinitas, mientras yo leo "la chica del tren" con las gafas de sol aún en la cabeza. Tu metro ochenta hace que vislumbre una sombra cuando camino que se alarga un poquito más allá de la mía. Camino despacio sin saber a dónde te diriges y pensando que, paradójicamente, podríamos esperar juntos para coger el mismo tren.
Decides tomar el mismo rumbo que yo y mantienes firme tu paso. Yo camino hacia la mitad del andén con la esperanza de que decidas seguir mis pasos. No paras hasta que estamos a un metro de distancia. Empieza a llegar la gente y se coloca alrededor. Tres largos minutos de miradas tímidas y a destiempo que me hacen preguntarme por qué te gusta mirar en mi dirección.
Noto el azul del mar de tus ojos en la nuca y cuando me doy la vuelta, la desvías con torpeza como si yo no me diera cuenta. Si supieras lo que me gustaría ahogarme en ellos...
Entro al vagón dubitativa por si decides entrar por otra puerta y nuestros caminos se separan. Me cedes el paso con los ojos y yo me quedo cerca de la puerta. Te agarras a una barra a medio metro de mí y por primera vez estamos tan cerca como para chocar las cabezas. Me doy cuenta de que llevas cascos y me entran muchísimas ganas de pedirte uno. Metes la mano en la riñonera cuando se acerca alguien a pedir y acto seguido veo a donde se dirige tu mirada.
Te juro que no la puedo levantar del suelo por si se encuentra con la tuya y no puedo desviarla. Miro a una señora de pie en frente, que me guiña un ojo y sonríe a tu espalda. Dejo de leer y me concentro en observar cada centímetro de tu pelo y de tus manos cuando no te fijas.
El metro anuncia cada parada con pesadez y el trayecto se me hace increíblemente largo. A cada minuto te miro y me doy cuenta de que tú lo haces cada treinta segundos.
Entra más gente al abrirse las puertas y en una décima de segundo tu mano toca la mía, justo cuando varias personas pasan por mi lado para sentarse.
Coges el móvil ausente pero te queman las manos y lo vuelves a guardar.
Respiro con dificultad cada vez que el vagón se sacude y trato de agarrarme para no caerme encima.
Llega mi parada y me coloco cerca de la puerta. A través del reflejo del cristal veo, por primera vez, un atisbo de tu sonrisa y ya solo quiero apoyarme sobre tu hombro y cerrar los ojos.
La gente me roza al intentar salir y cojo la primera salida para el cambio de tren. Camino unos metros hasta alejarme de la multitud, pero no puedo evitar echar la vista atrás.
Me paro y busco tu mirada entre la gente, y te veo. Mueves la cabeza y frunces el ceño. No me ves.
Me doy la vuelta con el pecho latiendo a mil por hora mientras me pregunto por qué no te he dicho nada, por qué no te he gritado que estoy aquí y que yo solo quiero a alguien que me mire como lo habías estado haciendo la última media hora.
Y ya solo pido que todos los jueves a las 10:30 te pases por mi estación y me busques con la mirada, porque a mi me resultará imposible no buscarte entre la multitud.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Pequeños momentos.

Despertarse antes de que salga el sol, ver amanecer.
Escuchar el vaivén del mar y que la espuma roce tus pies. Que solo el mar borre tus huellas cuando caminas por la arena, porque cuando lo haces por el corazón de la gente, dejas huellas imborrables.
Perderte en una playa del norte y comer a las seis. Sentirte libre entre el olor a salitre.
Poner música, beber, hablar, reír, callar, tumbarte, mirar las estrellas. Saltar, un beso, dos, tres, cuatro. Reír. Rodearte de personas que te hacen sentir vivo. Reír. Sonreír.
Ponerte la equipación de un equipo de barrio, jugar una liga municipal. Sentirte como si jugaras la Champions. Hacer un pase de gol. Cortar un contragolpe. Los gritos de la grada de ánimo. Escuchar tu nombre entre piropos. La alegría de correr con el balón. El abrazo del gol. La risa cómplice cuando han salido tres paredes y el tiro se ha ido al palo. Una falta que esquivas y un silbido de gusto que se le escapa, otra vez, a la grada.
Llegar después de haber corrido como si no hubiera un mañana y que en la mesa esté preparada la cena de los campeones. Una madre que se preocupa. Un padre que "te lleva al fútbol cada domingo."
Saltar en un concierto y que la música sustituya al aire de tus pulmones y sea quien les haga vibrar. Conocer a tu grupo favorito y que recuerden tu nombre. Que sonrían ellos más que tú en la foto. Gritar hasta quedarte, literalmente, sin voz.
Que te acaricien como si te quisieran para toda la vida, que te quieran como si fueran a quedarse toda la vida.
Una ducha caliente un sábado por la tarde.
Un helado a las dos de la mañana mientras ves el capítulo semanal de tu serie favorita.
Pizza en el salón con una peli bonita y una persona por la que darías todo.
Levantarte, poner la radio y que suene tu canción favorita.
Aprobar sin estudiar.
Comer sin engordar.
Un "te echo de menos", "¿nos vemos hoy?" y tantos mensajes que pueden hacerte la mañana más feliz.
Dormir hasta que te duela el cuerpo. Que la almohada esté fresquita cuando pases la mano por debajo.
Un gol del Madrid.
Un cubata que te libera por un rato de una preocupación.
Llegar a la estación del metro y subirte al andén justo antes de que se vaya de la estación.
No tener que hacer cola en el supermercado.
Que te toque un sorteo absurdo que te saque una sonrisa.
Que suene por la calle música que te arranque las ganas de bailar.
Bailar en una discoteca hasta que te pesen las piernas, y disfrutar cada segundo.
Una mirada que dure mucho más tiempo del que se necesita para ver a alguien.
Sorprender a alguien que te estaba mirando antes de hacerlo tú.
Una sonrisa en la que te querrías bañar.
Una mano que te salve de un día gris.
Sentirte bien contigo mismo.
Encontrar a alguien a quien le puedas decir lo que temes decir en voz alta y que calle tus inseguridades con un "todo va a salir bien".
Un beso en la frente.
Un abrazo largo en el que sientas cada centímetro del cuerpo de la otra persona.

Pequeños detalles que hacen que a veces, la vida sí que pueda ser maravillosa.

miércoles, 27 de enero de 2016

Lo que sea, pero ya.

Y la sensación de soledad que te atrapa y te asfixia hasta comprimirte el estómago y tener ganas hasta de vomitar.
Solo suena The Fray de fondo.
Y la incansable sensación de no sentirte suficiente para alguien que en apariencia tiene tantísimo. Y tú no puedes entender qué has hecho mal, o peor, te arrepientes de tomar decisiones absurdas en busca de más. O por miedo de tener más y no ser capaz de manejar tanto. Y el verdadero miedo viene de quedarte con tan poco.
Que quien no arriesga no gana y no pierde, y que quizá el que arriesga es el que se da cuenta precisamente de que perder es morir lentamente. Y que de los errores y de fracasar se aprende más que de ganar.
Pero joder cómo duele equivocarte y que la persona espejo te devuelva el error. Y pensar que te estás muriendo por dentro porque a veces querer da mucho de sí. Querer es ese abismo que no tiene punto al que volver y solo hay un camino hacia delante. Y la sensación de arrepentirte de haber querido es tan triste como pueda llegar a pensarse.
Pero quizá es aún peor pensar que la otra persona que recíprocamente ha demostrado tanto como tú se está arrepintiendo de lo vivido. Está pasando la página a una velocidad tan vertiginosa que ni siquiera le da tiempo a enterarse de lo que lee. Y eso pienso que haces tú conmigo, leerme sin verme. Qué mal que después de tanto...
Sentirlo de corazón tantas veces como puedas llegar a poder pensar en un día. Y al día siguiente y al siguiente.
Cómo duele equivocarse tan tan tan tontamente. Las personas somos mucho más simple que eso.
Bendita ignorancia.
Bendita música.

Y es que al final, al final buscas ayuda en la gente que, aunque suene súper tópico, siempre ha estado. O que ha estado durante tanto tiempo que sientes una sensación de bienestar que casi es como estar bien. Y cuando te sientes bien... Esas son las personas hogar. Y ojalá pudiera volver a casa con más frecuencia de la que me gustaría.
Porque a veces te involucras tanto con alguien que cuando ese alguien falta, el vacío que te deja en el pecho es directamente proporcional a la sensación de soledad y muerte lenta que te produce querer. Y aunque querer merece la pena, porque joder, te hace sentir vivo; no sentirte querido por alguien por el que estás dando mucho te come por dentro.
Llegar tarde empieza a ser una constante, llegar tarde a conocer bien a alguien, doble constante.

Ojalá sea la última vez que el orgullo valga más que el amor, o en su defecto, que el desamor.

Ojalá todo duela un poquito menos mañana y te piense un poquito menos. Y te vayas saliendo de mi, aunque despacio, porque como siempre, como me pasa siempre, has entrado tan rápido que no me ha dado tiempo a asimilarte. Y es que parece que a ti ese tiempo te ha servido para verme por dentro y lo que has visto te ha sido suficiente.
Por lo que más quieras, si vuelves quedate siempre, y si te vas, cierra despacito y espera a que duela mucho menos antes de volver a asomarte.
Me está matando preguntarme el por qué porque en verdad sé la respuesta. Negarme lo más obvio siempre dolió más de lo que debería haber dolido.
Me dueles en el pecho de una manera subreal.
Vete, vente. Lo que sea pero ya, por favor.

martes, 12 de enero de 2016

Feeling like a stranger in the rain.

Como cuando llueve mucho fuera y tienes que salir corriendo para no acabar empapado pero tienes los pies tan fríos que apenas puedes caminar. Y tienes que aguantar el mal tiempo con buena cara.
Como cuando el chaparrón es interno y te cala los huesos y sientes que necesitas desprenderte de todo lo que literalmente, te moja. Pero no puedes.
Y solo el silencio entre canciones calma una tormenta que amenaza con quedarse  más tiempo del necesario y soportable.
Como ahogarte en un vaso de agua sin poder nadar. Y que te falte el aire en los pulmones, se te cargue la espalda, abras mucho los ojos y te quedes inmóvil aguantando la respiración porque temes expirarlo todo.
No saber a qué agarrarte ni dónde estar, porque prefieres irte que quedarte a ver cómo se pudre alguien a quien quieres. Y como inevitablemente te pudre a ti. Ver cómo le nace el veneno en el pecho y no poder hacer otra cosa que alejarte. Porque solo a veces, cuando pones distancia, te das cuenta de todo lo que pasa.
Y lo que pasa es que me estoy haciendo mayor muy deprisa y me viene mucha madurez de golpe. Y el golpe inestabiliza.
Y yo no sé dónde meterme pero ojalá no sea aquí. Ojalá pudiera llevar mi habitación a un lugar recóndito del mundo y esconderme hasta que deje de llover y no se escuchen más truenos.
El hecho de no poder admitir frente a alguien lo que pasa es el síntoma inequívoco de que algo en ti se muere.
Y este vacío temo que no vuelva a llenarse, o peor, que se llene de algo que termine de pudrirme.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Un viernes cualquiera.

Salir, beber, el rollo de siempre.
Que se enfaden en casa porque voy muy arreglada, que se me queden mirando en el metro, las tías con desaprobación y los tíos un scaner rápido. Llegar, y que se escapen tres suspiros y cuatro piropos. Llegar, y que te quedes mirándome un segundo más de los que son necesarios para verme. Que te acerques a darme dos besos largos. Que tus manos rocen mi cintura y la desestabilicen. Que cada tres minutos sienta dos ojos y una sonrisa cerca. Saber que cuando me miras así, voy bien.
Que la música taladre mis oídos y te pongas contra mi espalda. Bajar bailando arrítmicamente contra tus costillas. Que te pierdas entre un sin fin de gente que yo también conozco y desde allí fijarme en que te has desabrochado el primer botón de la camisa y que tras las mangas se vislumbran las venas de tus brazos. Que te muerdas el labio mientras bailas, o mientras lo intentas. Que te desabroches otro botón y resoples. Que vayas con una copa en la mano mientras gritas, "quiero entrar, en tu garito con zapatillas, que no me miren mal al pasar" y segundos después te dobles de risa.
Que el dj ponga canciones de Grease y abras los ojos y sonrías pícaro mientras te mueves mejor que Travolta, haciendo el teatrillo con mejores artes escénicas que todos los que te rodean. Reírme fuerte mientras te miro y creerme que en cueros, habrías conquistado también a Sandy.
Que pases de música de los ochenta a "Limbo" con una facilidad pasmosa. Sin saber bailar. Bailando mal pero no sucio.
Barba, camisa, sonrisa.
Que estés despeinado tras moverte entre cinturas ajenas pero que tu tupé siga siendo el punto de inflexión de mis manos. Por lo que no pudo ser.
Acabar bailando reggaeton sin apenas poder mover los pies y notar que te mueves cerca, mientras siempre se pone alguien entre nosotros.
Verte beber la copa y pestañear. Verte mover las caderas y querer juntar las mías. Que mis manos se pierdan en tus hombros y se cierren en tu cuello mientras Melendi canta que "va caminando por la vida".
Que te encares con un tío porque le ha tocado el culo a una amiga tuya, y que la saques de líos cuando se le pegan los desesperados.
Perderte a las cinco de la mañana y estar buscando tu pelo casi rubio y tu mirada casi eléctrica entre la gente.

Lo recuerdo todo porque cuando me dormí, volviste a aparecer en sueños para bailar conmigo todo lo que quería, y querías.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Ilusión.

Siempre he pensado que la ilusión lo es todo en esta vida. Incluso por encima del amor, porque en términos muy generales éste es una forma de expresar cuándo tienes ilusión por vivir experiencias con otras personas.
Quizá sea por el hecho de que no puedes reprimirla lo que la hace tan particularmente especial. Reprimir un sentimiento tan grande y tan abstracto sería como tratar de contener el agua del mar en una botella de medio litro. Solo entraría una parte tan ínfima que no podría representar la grandiosidad de este. Del mismo modo ocurre con la ilusión.
Cada gota de agua de mar es como cada pensamiento que se mueve de una neurona a otra, te impulsa a creer en unas posibilidades x alimentadas con una ilusión y. Tratar de resolver ese sistema te llevaría toda la vida. Sería como tratar de cruzar un océano a nado; lo importante no es la solución, ni en sí el camino, lo importante es lo que llegas a descubrir debido a ese camino. Lo importante es la ilusión que te impulsó a recorrerlo y las consecuencias de haberlo hecho.
Un niño tiene ilusión porque sueña a lo grande. Soñar va dentro de ilusionarse, es como una de las ramas que se bifurcan del tronco. El amor, las ganas, la pasión...
"Quizás morirá el soñador, no mis ganas de soñar" canta Rayden, y no podía tener más razón. No puedes matar la ilusión porque esta no está viva, la llama sólo se ilumina cuando dentro de nosotros sopla el viento suficiente como para no apagarla. Cuando el mar está en calma, el horizonte muestra el techo de nuestros sueños. Justo, no tenemos tope. Es por eso y solo por eso por lo que "si te ahogas en un mar de dudas, sal a flote; 
hasta el flato, hasta que digan plato o el planeta explote. 
No seremos el barco que con el iceberg choque, un tal islote, la misma foto con otro enfoque."
El enfoque que siempre hemos de darle es la ilusión. Cierra los ojos y abre el corazón.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Lunes

Duele el hecho de sentirte en soledad y que esa soledad te oprima el corazón hasta ponértelo en la comisura de los labios y vomitarlo. Y los que están, los que están si es que se puede hablar de ellos en plural, comparten sangre y se pegarían por volverlo a meter en el hueco izquierdo del pecho. Menos mal que sí están, y sobre todo que lo hacen en las malas.
Y se pegarían con los que te lo sacan.
En fin, no puedes pedirle a un manzano que de peras y no puedes pedirle a una persona que se comporte como un hermano. No puedes porque la expectativa de éxito es el peor fracaso.
Única en mi especie y gilipollas como tal, seguiré callando porque quien quiere oírte, te escucha y te busca.
(O eso, o dejar de lado lo te hace volver atrás. Porque hacia atrás ni para coger carrerilla)
Los demás podéis iros tranquilamente a tomar por el culo.
En resumen, duele equivocarse a la hora de confiar y a la hora de aprender de. La vida es maestra y a mí nunca me ha gustado que me enseñen, no iba a ser esta una ocasión especial.
Es verdad, 0 dramas.
A los que están, que se quiten los zapatos porque no quiero ninguna huella más, a los que están por venir que ni se molesten. Los corazones rotos no se arreglan. Uno mismo sabe a quién darle los trozos.
Menos mal que la venda siempre cae y nos permite mirar. Siempre lo he dicho y lo mantengo, cuanto más se sabe, más duele.
Fin de la historia.