miércoles, 7 de enero de 2015

Estoy aquí.

No sé lo que cuentan sobre hospitales, los físicos, esta vez. Yo no tengo mucho que contar, gracias a Dios. No sé si el ambiente es el que se figuran una vez allí, que todo huele a látex sin usar, a gasas recién abiertas y a analgésicos. No huele a miedo, ni a temor.
No sé donde encontrarte ni aún con instrucciones. Vengo con el corazón en la boca, y la gotita en la frente. Sé que estás bien, que me estás esperando. Ya estoy aquí, tranquila.
Ascensor 5 directo a tus manos.
Tampoco te dicen que preguntar en un hospital es preguntar con dudas en la boca, y tensión en la garganta, con los ojos intranquilos esperando a que algo pase. Pero lo único que pasa es que te contestan con toda la humanidad posible y con gestos incomprensibles. Aguanta un poco, ya estoy llegando, me digo.
Sexta planta.
Cinco pasillos laberínticos más, estamos en la puerta de tu habitación. Blanca impoluta. Me arreglo el pelo sabiendo que aunque entrara nada más levantarme, me dirías lo guapa que estoy. El manillar cede a mi presión y solo veo una cama, y una señora que no eres tú, ni de lejos. Y un hombre que no conozco ni lleva bata blanca.
Taquicardias incompresibles. "Aún no ha subido". Esperas horribles, matando minutos que no me dejan verte.
Dos toques en la puerta, y un enfermero que entra. "Me duele", dices. Tu manta hasta arriba, un hola que no me sale. Un beso eterno. Un olor que no es el tuyo. Tú hueles a casa, y ahora a hospital. Labios muy cortados -que enseguida te hidrato, con el corazón muy encogido- y un atisbo de sonrisa a bromas forzadas. No sacas las manos y apenas abres los ojos. Da igual, sé que sí me ves.
Muecas de dolor que me duelen a mí, y a él. Quiero coger tu mano, pero me conformo con tu brazo. No dices nada, yo tampoco. Te miro. Tu corazón me mira. Se me atraganta un "qué valiente" pero el orgullo lo saben hasta los vecinos.
Estoy aquí, tranquila.

Todos de blanco. Muy, muy armónico, y desconcertante. Cruzo caras de cansancio, miradas que expresan lo que el dolor no puede llevarse.
Creo que los hospitales también huelen a esperanza desde que les haces una visita.
Si la vida me lleva por aquí, voy a cogerle la mano a cada paciente como a ti hoy; aunque nadie tiene una sonrisa tan bonita como la tuya.

Sobre tijeras que no cortan tus hilos de titanio...

Un cuchillo que pende, en el vacío del universo absoluto, de un hilo fino.
La confianza es darle las tijeras a alguien, sabiendo, creyendo, que no se atrevería a cortar tal hilo. Los hay que hacen de su hilo una cadena de acero, de titanio, para que ni se oxide, ni se rompa.  Lo que no saben es que la soledad se alimenta de los cuerpos sin almas, y la confianza es el fundamento de esta.
Cuando la persona equivocada tiene tus tijeras, asegúrate de encontrar pronto un hospital, para no cargarte la puñalada a la espalda, al igual que tantos problemas que arrastras. Asegúrate de que ese hospital, y puestos a delirar, esa persona, tenga el kid de tratamientos de urgencia para curar corazones desangrados, pinchados. Ojo, no están rotos porque un corazón roto es un drama. ¿Quién dijo drama?
Asegúrate de ser un buen paciente y no una buena víctima. Son, somos, inaguantables. Quizá te toque un médico con manos prodigiosas y pueda coser tales embestidas. Ups, se me ha caído el cuchillo en la herida, repites sin parar.
Quizá no sepa bien a quién darle mis tijeras, pero sé elegir bien mis hospitales.

”Camarero, otro vaso más. Llénelo hasta arriba, el último no me llenó el corazón. Aquí estoy, echándole un pulso a mi hígado por ver quién llega antes al hospital.
Vaya, que despiste, se me escapa un hilo del costado, ¿no tendrá usted tijeras?"

lunes, 5 de enero de 2015

Sin cortarme.

No te cortes con las esquinas de mi corazón, que últimamente tiene más repliegues de los necesarios.
No te cortes con las palabras que se me quedan en la garganta, porque su doble filo es como un cuchillo que no ves venir. Pero yo te estoy avisando.
Si ves que he colgado el cartel de "hoy estoy imposible" no te cortes con el filo de la puerta que te cierro en las narices. No pongas los dedos para intentar cerrarla, porque incluso he tapiado la cerradura y he quitado todos los manillares. Me encierro para no cortarme, sin querer, queriendo, con el último roce que hicieron tus labios al esbozar esa sonrisa de otoño, joder, cuando estamos en invierno. 
No ves que yo te abrazaría en Sevilla en agosto y que nos haríamos uno en Madrid en Noviembre. No lo ves, porque aún estás buscando las cuchillas para cortarme, o cortarte tú sin mí.
Deja de meter mano en mi caja torácica, porque mis costillas empiezan a acostumbrarse a tus dedos, y no ven cuanto se desangra mi pobre corazón.
Vete, pero trae hilo y aguja y atrévete a coser el boquete que me has o me he dejado. Trata de no cortarme.

Perdona por no perdonarte.

Perdona por estar hasta las narices.
Perdona que no te perdone.
Perdona por ese último no.
Perdona por no aguantar tu fantafabulosa vida feliz y tener que tragarme esto. Esto que me come por dentro todo lo bueno.
Sinceramente, merezco algo mejor que culparme a mí por no tenerte a ti. Realmente no lo intenté y realmente no soy yo la víctima, porque no sobreviví.
En este caos tan absurdo e innecesario a veces me pregunto como sería olvidarlo todo por un rato y cambiar de vida completamente. Obvio, me refiero a una de parecidas características. No me gustaría vivir en la India, por ejemplo. Pero sí, absoluta y completamente sí, me gustaría vivir por un día la vida de una persona, aparentemente cercana, que yo conociera. De verdad que sí.
Me pregunto como sería, al menos por un día, conocerme. Pienso que yo soy mi media naranja y que el motivo de esta sensación de soledad y de búsqueda de algo parecido a un amor correspondido entre otra persona de distinto sexo, es que aún no me he descubierto completamente. Siendo como somos seres en potencia, yo aún no he visto mi potencial por completo.
Porque si de verdad lo viera... podríais iros a tomar por culo un rato eternamente largo.
A veces esta apatía a la sociedad es la falta de autoestima para creer en mí misma, entendiendo a veces por siempre.
El amor, propiamente dicho y del que todo el mundo habla, solo existe cuando de verdad creemos que esa otra persona puede ayudarnos a buscar la paz interior que tanto anhelamos. Para decir, oye, yo también me siento bien y está siendo genial.
Para no tener que fingir que me apetece vivir tu vida, tu cuento de hadas por un día. Porque realmente sentir eso duele como que te rompan el corazón. Es una impotencia que duele. Y ojalá no quisiera vivir tu vida de mierda por un rato, pero sí quiero. Solo quiero concienciarme de que no te necesito y de que no habría funcionado, porque sinceramente, valgo más la pena de lo que la vales tú.
Quizá mañana piense que tú sí vales la pena, pero estos segundos de paz que me estoy concediendo para pensar que soy jodidamente genial no me los puede quitar nadie. Si me conocieras... Si quieras arresgiarte... no te encontrarías un precipicio tan grande como tus abismos, te lo aseguro. Pero me estás, o me estoy, intentando convencer de que buscarme sola es lo mejor que me puede pasar nunca.
Este viaje solo tiene un asiento, y no voy a dejarte conducir. O al menos no hoy, ya sabes, siempre puedo hacer alguna parada inocente en el camino. Siempre que no me desvíe del objetivo. Encontrarme para dejar de buscarte.

Y sí, perdona por no perdonarte.

domingo, 4 de enero de 2015

Abismos insalvables.

Querer asomarme a tu abismo.
Pero nunca dijiste que fuera un agujero negro que pudiera absorberme. Entonces me caí. No sé a qué altura estaba, pero tuve miedo. Yo siempre estaba a tu altura, pese a que tú fueras medio metro más alto, pero desde tan alto tuve miedo. Quizá el impacto me causara más impresión que la distancia. Quizá fuera el temor y la seguridad de no encontrarte allí abajo. O quizá fuera que entre tanta oscuridad no encontraba un resquicio de luz. Antes siempre era tu mirada quien me salvaba.

Sigo escuchando tu mirada cuando entro a la misma habitación que tú y en vez de verte, escucho. Todo es ruido a mi alrededor excepto el latir intermitente de mi corazón, loco; y el roce de tus pies con el suelo, que levitan. No sé, sigue gustándome mirarte aún sabiendo que tu mirada es paralela a encontrarse con la mía. Me valdría una fracción de segundo para hacerte sentir en tu corazón, sano de roble, el calor que siente el mío, incluso en invierno. Pero tú, antes de apartar la mirada, preocupado por lo que pudieras sentir de más, alarmado por su gravedad, me habrías susurrado a gritos que tú ya eras una estufa. Que a ti el frío no te afecta. Y yo habría entendido entonces por qué la abrazas. No la quieres, solo lo haces para que no muera de frío.
Y sé que sabes que yo no lo haré porque tú también sientes la calidez de mi corazón, y bien sabes que nunca se congelará, por eso esperas a que sea verano y así sí que tengas una oportunidad.
Yo te la daría encantada. Ya sabes donde encontrarme.
Sigo sin quererte.

viernes, 2 de enero de 2015

Delirando.

He querido irme todas las noches en las que no estabas... No sé qué me habrá podido parar los pies, porque subida en la cornisa, el mundo se veía súper grande y yo seguía siendo pequeñita.
El vértigo es relativo, sobre todo en el estómago más que en el corazón. Nunca vértigo a quererte porque nunca te quise lo suficiente como para tener miedo, siempre me quise a mí un poco más, sabiendo que tú te irías. Me dejarías sola con toda la mierda al cuello. Con la soga colgado, y tú serías la patada a la silla.
Y por eso ahora, que ya no me quiero como antes, que tú no quieres pararme los pies cuando me subo a la ventana, que ya no te pones debajo para amortiguar el golpe... Ya no sé si quiero tirarme. Quizá lo haga a mis precipicios internos. Esos que yo me he dejado por tu culpa.
Sobre victimismos injustificados... Me has calado hondo. Son las 2:28 y sigues sin estar. La barandilla del balcón no es lo suficientemente alta. Ni siquiera oirías el  golpe desde su cama.
Pero hoy me quiero como nunca y te odio como nunca. Y tendría que ser como siempre. Las dos como siempre.
Ya no lo sé, solo otro vaso lleno de delirios a media-entera-noche.
No te quiero.

jueves, 1 de enero de 2015

Sobre corazones mojados de palabras absurdas...

Palabras absurdas en corazones muy, muy rotos. Palabras que se quedan en las esquinas los jueves por las noches pasando frío, con la única esperanza de verte salir, o entrar, con las manos ocupadas. Palabras atragantadas en gargantas microscópicas que fingen ser toses en un catarro eterno del corazón. Él se obstruye y tú toses. Toses todas esas palabras que se te escaparon ayer. Todas esas que yo estaba esperando oír. Pero solo son toses, solo soy yo pasando frío y solo eres tú entrando en el portal como si nada.

Corriendo por las calles con el sudor en la frente, en la coronilla y en el cuello. ¿Corriendo por qué?, me pregunto yo. Tú huyes de ti mismo y de por fin conocerte; y yo de encontrarte a ti cuando no te busque. Chocamos en otra dimensión, en la que yo también huyo, de ti. Los dos de ti.
Sin aliento bajo el portal de tu casa, esperando a que tú te encuentres. Significaría verte salir y verme. Verte y verme y solo una letra de distancia. Tan cerca pero tan lejos...

Sobre verte suspirar en días lluviosos en los que la lluvia rebota contra tu piel y sale disparada en todas direcciones... Sobre enjugarme la última lágrima con el dedo índice, que solo sabe señalar en tu dirección... Sobre verte sonreír y sobre ver como huyes cada noche.
Sobre valientes y cobardes...