martes, 31 de octubre de 2017

Tarde para cambiar

Mi mundo interior le está ganando la partida al exterior y cada vez son más difusos los límites. Me paso demasiadas horas soñando despierta y cada vez es más difícil hacer click y conectar de nuevo. Cada vez me encierro más tras una puerta con llave de la que solo abro la mirilla para ver lo que ocurre desde el otro lado. Pero la puerta está cerrada para la gente que, muy ocasionalmente, llama. Y está cerrada sin a veces tener yo la llave, o eso me parece; es como si no me permitiera abrirla.
A veces pasan por el descansillo recuerdos que me permití vivir y que ahora solo dejaría que pasaran detrás de la puerta. A veces, en esa habitación tras la puerta hay un poco de luz y música y puedo descansar y dejar de huir.
Supongo que, cuando estoy detrás de ella, hago todo lo posible por simular la vida que querría tener fuera. Y como el placebo que resulta ser, acabo conformándome.
Y es que la expectativa de vivirlo ya es de por sí meritoria de cualquiera de mis devaneos.
A veces, sin querer, me dejo la puerta abierta y alguien se intenta colar, pero entonces suenan tantas alarmas que incluso esa persona se asusta y sale corriendo. Y yo huyo de mi huída todo el tiempo, incluso cuando tomo aliento para poder correr otra vez.
No me permito ni un momento de duda - pese a todas las mentales- ni de error. Y, al fin y al cabo, ese acaba siendo el mío, el que me consume lenta pero inexorablemente las ganas de seguir.
Supongo que en algún momento la puerta dejará de abrirse porque las bisagras (de mi vida) se habrán oxidado lo suficiente como para querer chirriar más. Y yo sé que me quedaré impasible viendo como eso pasa, de igual manera que se consume un cigarrillo encendido.
Mi fuego está muy vivo, y si temo quedarme atrapada para siempre en estas cuatro paredes tras un manillar, casi temo aún más tirar la puerta de una patada y echarme en los brazos de cualquiera que me quiera consolar.
Porque deseo tanto que ocurra que las ganas ganan a todo lo demás y se acaban quedando con mi capacidad de discernir entre a quién sí y a quién no.
Igual esta continua pesadez en la cabeza me aletarga lo suficiente como para dejar de darle importancia y llega el momento en el que no puedo demorar más dejar que mi mundo interior me consuma. Lo está haciendo de forma implacable; y, si te fijas un poco, ya no puedo mantener socialmente la careta.
Tengo un pánico atroz a que llegue alguien que me mire a los ojos y me lea en un segundo todo lo que escribo tras la puerta. Que quiera entrar y no sacarme, sino quedarse a vivir ahí lo suficiente como para querer yo salir acompañada. Me da miedo que me miren a los ojos y me devuelvan una mirada que lo sea todo, que sea la llave, el reloj marcando la hora exacta de esa nueva explosión de big bang de mi corazón.
Y me da miedo porque sé que ya me he cruzado a esa persona y no he querido levantar la cabeza para no enfrentar su mirada, porque entonces todas mis expectativas querrán morirse de realidad.

domingo, 15 de octubre de 2017

Te quise sin miedos

Me entregué sin miedo, con la prisa de quien se enamora cada día en cada palabra. Cada vez que me robabas el aliento corriendo para coger el metro o dejando que pasaran, me colaba aún más. Sin precauciones, sin importar que algún día esa rutina solo fueran recuerdos.
Te enamoras de los recuerdos cuando el presente se hace añicos. Y ahora ya no coincidimos, pero yo sigo mirando entre la gente para ver si te veo, de pie frente al vagón.
Recuerdo la risa entre las paradas y el regusto de saber que me estabas calando y que me estaba dejando. Lo hacías tan bien...
Yo habría hecho tres transbordos en dirección contraria con tal de verte ahí, esperando con la cabeza torcida, la mirada perdida y la sonrisa siempre a punto. Me apuntaste, me dejé disparar y aún me estoy desangrado; poco a poco, sin tapar la herida para algún día dejarla de sentir.
Creamos un mundo aislado del nuestro, un mundo al que iba para vivir la intensidad que me aterraba del mío. Me dejabas vivir y sentir algo que no identificaba como propio.
Te abriste en canal mientras me mirabas esperando que lo que yo te dijera pudiera servir para algo. Me maté buscando las respuestas a tus preguntas sin saber que, al final, me dejarías con la palabra en la boca y el corazón ardiendo.
Hablábamos todo el rato sin importar la hora o el por qué. La excusa era deliciosa. Siempre era saber de ti.
El retiro nos aulló entre el barullo de la gente, y sentí que la luna nunca había estado tan cerca como entonces.
No podía entender cómo te habías colado tan adentro, más que nadie. No podía excusarme, y en realidad no quería.
Lo sentía y ya. Me equivoqué dando todo de mí sin un seguro, sin protegerme de ti y de tus idas y venidas.
No puedo culparte más de lo que me culpo a mí por dejar que pasara, no puedo tampoco culparme de que pasara porque yo no lo busqué.
Tú estabas en el momento oportuno y en el lugar exacto para conocerme. Mi vida te necesitaba y, aunque ahora creo que lo sigue haciendo, tú ya no me necesitas a mí. Al menos no como antes.
Yo no quiero dejarte ir porque es dejar una parte de mí que odié y amé a partes iguales en el cajón de los recuerdos.
Y, por mucho que me empeñe, tú no eres un recuerdo. Sigues ahí, lo suficientemente cerca para que al pasar aspire y no quiera espirarte. Lo suficientemente cerca para hacer que me ponga a temblar si me tocas.
Ya no puedo hacer que vuelvas y no sé cómo hacer para irme.
Te quise y te quiero, pero espero de verdad no quererte en mi futuro.
No me merezco sangrarte de esta manera.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Quién sabe

Mi cuerpo ya no me pertenece. Lo que siento ya no es mío. Lo que pienso dice menos aún de mí misma.
Solo consigo encontrarme cuando estoy sola en la habitación. Y entonces vuelvo a ser yo, unos minutos al día.
El resto del tiempo finjo que soy esa persona que crees conocer muy bien. Esa persona a la que le gusta dormir, comer y ver series como a todo el mundo. Esa persona que hace chistes malos y que tiene mal humor cuando madruga. Esa persona que juega al fútbol. Esa persona a la que parece darle igual lo que acabas de decir.
Pero si me conocieras esos minutos al día, sabrías que esa faceta mía es tan minoritaria que apenas te diría nada de mí. Porque tampoco sabes nada de mí. Si me montara en un vagón de metro y me quedara hablando durante dos horas con un desconocido, sabría de mí lo mismo que dices tú saber.
Así de impertinente es mi obertura.
Cierro los ojos y abro la puerta a esa parte de mi que se ha escondido siempre tras un mechón de pelo y unas gafas de pasta. Y cuando esa parte cruza el umbral, me siento tan distante que ni siquiera me reconozco en el espejo.
Me da miedo proyectarme así, así de diferente. Me da miedo quererme conocer del todo y dejar que el resto lo haga.
En mi caparazón no estoy del todo cómoda (de hecho nada cómoda) pero es la salida más fácil y cobarde que se me ocurre.
Acaba de volver a cerrarse la puerta y se me han acabado los minutos.
Vuelvo a ser esa persona aburrida que crees conocer. O quizá he encerrado la faceta diferente y estás a punto de conocerme.

martes, 12 de septiembre de 2017

Imagínate

¿Te imaginas dando siempre la respuesta que la gente quiere oír? ¿Como si satisfacerles a ellos fuera mejor que satisfacerte a ti?
O como si en realidad tuvieras siempre la respuesta acertada para todo. La que dice la verdad y escuece un poquito ahora y un poquito en el futuro. Como echar agua oxigenada en vez de alcohol.
Como si pudieras responder siempre en una décima de segundo lo que es mejor para todas las partes.
Imagínate que pudieras decir: "yo ahí no me meto porque me voy a hacer daño". Imagina que puedes agarrarte las ganas, hacerle un nudo y tirarlas al mar. E imagina, además, que ese nudo no se queda varado en la orilla.
Imagina que incluso cuando te metes sabes cuándo parar, cuándo retirarte sin romperte demasiado. Como si pudieras decir: "hasta aquí, que luego pica mucho más". Y pudieras irte y dejar todo como estaba; a las personas como estaban: sin conocerte mucho.
Imagina que le puedes decir "no" a esa vocecita de dentro que chilla "qué más da. Un poquito más."
Imagina que puedes controlarte y dejar de martillearte con lo mismo todo el día, tomando decisiones en silencio y haciendote promesas a cada punto y seguido.
Solo imagínate que puedes.

Y lo que más cuesta, imagina que después de habertelo imaginado todo, eres feliz.
Aún estoy aprendiendo a imaginar así. Estoy en pañales y no sé qué es mejor, que sepa o que no.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Te conozco bien

Disfrutar de la soledad en la compañia de los demás. Como si te pudieras recluir dentro de una bola transparente en la que te ven pero no te traspasan.
Y tú estás ahí, entre la multitud, siendo parte de ella sin proponértelo pero sin incordiarte.
Estás cómoda ahí, sabiendo que nadie puede rasgar. Sintiéndote libre e independiente. Segura y cómoda con esta nueva situación que te has permitido disfrutar.
Casi imponiéndote una soledad terapéutica para que emocionalmente recuperes y puedas ser una persona social con problemas burdos, aburridos y banales.
Tú, que lo haces todo interesante, sientes la satisfacción de conocerte mejor que nadie. Y a la vez, inevitablemente, la certeza de que nadie podrá llegar tan profundo como tú crees que puedes hacerlo.
Te sientes perfectamente distante respecto a los demás, y te parece bien. Todo está bien porque tú has asumido tu rol social. Participas e intervienes las veces suficientes para saber que estás ahí y estás bien, para no preocupar a nadie. Porque es verdad, todo está bien contigo mismo. Lo que está mal es la mentalidad de que la compañía social es mejor que la personal.
Y en realidad eres tú quien se preocupa más de lo necesario, quien planifica para tener a todas las partes conformes. Porque así crees que lograrás estar tu conforme.
Y entonces das el paso. Te aislas, esta vez de verdad. Eliges el camino unidireccional de la soledad y lo eliges con todas sus consecuencias. Pero tú ves el lado bueno, el lado positivo. Porque lo hay, siempre lo hay cuando se trata de conocerse mejor.
Y toda la gente que volaba muy cerca tuyo empieza a hacerlo cada vez más y más alto. Y tu ahí no puedes respirar, hace más frío de lo habitual. Así que decides seguir volando, ocasionalmente encontrándote con esas personas. Esas que te hacen pensar que tú ya no eres la misma. Es verdad.
Ahora ya no te puedes esconder. Y tu lema luce mucho más claro ahora:

Yo, me, mí, conmigo. Presente singular de la primera persona para todo.

Y solo cuando lo asimilas es cuando empiezas a disfrutarlo de verdad.

"Sí, me he conocido. Y sí, estoy encantada de haberlo hecho."

martes, 29 de agosto de 2017

Lo que me gusta

Me gusta Madrid por la noche. Pasear sin prisa por llegar a casa, escuchar el rumor de la gente y el barullo de las terrazas. La diversidad de los que las habitan.

Me gusta tirarme en la cama y poner música en el móvil sin hacer nada más. Quedarme pensando sólo en lo que dicen, contar el tiempo en canciones.

Me gusta leer antes de irme a dormir pero siempre acabar el capítulo, para llegar a las líneas finales que lo cierran y poder saborear toda la incertidumbre en las pupilas.

Me gusta cuando hace calor, sales con manga corta y el Sol te dora y calienta la piel. La sensación de calidez y de luz me llena.

Me gusta visitar parques de ciudades grandes, más que un pulmón el símil es a un corazón. La vegetación late por cada persona que lo habita. Un olor a cada paso. Un camino diferente en cada elección.

Me gusta que la gente llegue antes que yo cuando hago planes. Salir del metro y ver la cara ausente de quien espera con un casco puesto.

Me gusta la gente leal, inteligente, fuerte y resolutiva. Para cualquier cosa y en cualquier momento. Son gente sencilla de tratar. Me aborrece la gente pedante, cotilla, que siempre es víctima y que solo sabe hablar de sí misma. Son gente débil, como si fuera una bomba deseando explotar cerca de ti.

Me gusta la soledad que me permite hacer las cosas que me llenan. La compañía constante me cohibe y me impide a veces expresarme con toda mi plenitud.

Me gusta mirar las tortugas y perder el hilo de mis pensamientos mientras lo hago. Como si pudiera contactar con ellas mentalmente. Es un remanso de paz y conexión especial.

Me gusta el café caliente en invierno y helado en verano. Como si fueran dos bebidas distintas. Siempre le dan sentido al "un café contigo ha sido siempre mi remedio. Simple apología a lo sencillo."

Me gusta ganar en todo lo que hago. Incluso cuando no compito. Incluso cuando es una tontería.

Me gusta experimentar a posteriori el cansacio de correr hasta tener flato, descansar, andar, volver a correr. Parar y repetir. Poner al límite mi esfuerzo, cansar los músculos, vencer el continuo "no me gusta, no me apetece, no puedo más".

Me gusta la sensación de pertenecer a algo más grande que mi persona, ser parte de un grupo; sea el que sea. Me hace sentir comprendida. Me gusta la unión, el concepto de unidad y de sacrificio.

Me gusta la disciplina, las normas. En cierta medida me gusta la comodidad y las facilidades que ofrecen. Que sea igualitario para todos los que las cumplen. Me gusta esa seguridad que te brindan. Aunque, para ser precisos, a veces me gusta aún más traspasar un poquito la legalidad de las mismas y sentir la adrenalina en las venas.

Me gusta la gente apasionada, rigurosa y comprometida con algún aspecto de su vida. Me inspira de una forma particularmente positiva. Como si fuera fácil lo que hacen y yo pudiera plantearme hacer lo que me gusta.

Me gusta sorprenderme a mí misma logrando un objetivo antes del plazo que me había dado para hacerlo. Como si fuera la primera y última persona capaz de hacer algo así.

Me gustan las personas pacientes, dedicadas, que ponen todo su empeño en conseguir sus metas. Que protegen lo suyo por encima de cualquier otro bien.

Y yo queria escribir de mí, de lo que me gusta. Pero si quiero cerrar este capítulo de mi vida tengo que incluirte. Me gusta que me gustes sin que nadie sepa que lo hago. Aunque no esté bien. Sí, definitivamente eso me gusta.

lunes, 21 de agosto de 2017

Aunque tú no lo sepas

Sé que no me vas a entender.
Sé que piensas que nunca pasa, pero a veces ocurre.
Llega ese mensaje por el que miras el móvil de reojo cuando no te habla nadie. Llega y no te lo crees.
El nerviosismo, las dudas, el contestar tarde, releerlo.
Pasan dos minutos y la alegría pasa al estómago, que se enfurece. Sabía que esto podría pasar pero no hay nada que te puedas tomar que sirva para combatirlo. Siempre hay alguien por quien pierdes todas las batallas, incluso aquellas a las que no vas.
Requiere toda tu atención, y aunque esa persona no lo sabe, el mundo se reduce a una pantallita de móvil, a un teclado y al maravilloso y absurdo intento de poner algo de ingenio y amor propio en un solo mensaje.
Pero tu mensaje es una foto. Sales sonriendo y guiñando un ojo a cámara. Y yo imagino los tres libros que ya te habría escrito de mirar la foto tres veces. Pero tú eso no lo sabes, claro.
Y esa pantallita de móvil vibra casi al instante otra vez. No pierdes la atención para que yo no pierda la mia.
Siento esa fuerza imparable que te dice a voces que es esa persona, que no te has equivocado, que a veces esperar es en apariencia algo más.
Y es absurdo como puede quedarse toda tu atención en algo tan abstracto como una línea de red y un mensaje. Piensas en cómo verían de lejos esto la gente de los años 50.
Y entiendo que ellos no lo entiendan, porque ni yo misma entiendo cómo puedes removerme tantas cosas con un guiño y una sonrisa si estás al otro lado del charco.
No quiero entenderlo porque por cada diez pasos que me alejo de ti, basta con medio tuyo para que vuelva a desandarlos otra vez.
Supongo que no puedo hacer más de lo que hago por resistir estas ganas de decirte que ya te echo de menos, como antes. Y que además, no he hecho planes para dejar de hacerlo.
Claro que eras para tanto

miércoles, 9 de agosto de 2017

De camino a casa

Voy en el coche y el motor ronronea entre las calles de Madrid. Cruzamos Plaza España y Príncipe Pío en un suspiro, un descenso incesable por donde circulan los demás vehículos sin darse cuenta que vamos al lado. La ruta es suave y las ruedas parecen acariciar el asfalto, la noche, que no es estrellada, refleja a veces en las farolas los restos de un día que toca a su fin.
La luna, llena sobre el cielo no tan azul, se ve más brillante que el Sol, más cerca. Sonrío al imaginar que estamos viendo el mismo astro desde la otra punta de Madrid. Que quizá tu has salido a tirar la basura y te has fijado, y aunque sé que no es así, te has acordado de la noche que caminamos Retiro abajo deseando verla llena otra vez. La luna, y ahora lo que queda de lo que fue.
La música llena el espacio y desde mi asiento de copiloto la subo y empiezo a cantar. Miro relajada por la ventanilla como si fuera la primera vez que veo el arcén, los edificios y las casas al fondo.
Me fijo en los carteles y todos los destinos que marcan e intento imaginarme en todos ellos, haciendo escala en los moteles iluminados y las vías de acceso (y de escape, quiero pensar).
Me noto distanciada de todo lo demás, deseando que el viaje se prolongue unos minutos más, que esta sensación me acompañe al menos tres canciones de vuelta.
Aeropuerto, T1 llegadas. Cojo el teléfono y llamo. Contestador. Llamo otra vez. Hablamos. No estoy nerviosa, solo quiero verte salir por la puerta del parking arrastrando tu maleta, con la cara quemadita y el sombrero en la cabeza. Levanto la barbilla y las sonrisas se encuentran, la tuya aterriza provocando todas las ganas de repente.
Hace frío en la calle. Agosto en el corazón pero invierno en la piel. Subes al coche y volvemos. Hablamos como si no llevaras días fuera y sé que aunque no me interesara lo que cuentas te escucharía igual. Sé, mientras suena una canción que me pone aún mas blandita, que el miedo que sientes de pensar que alguien se ha vuelto un extraño pasa, igual que pasa el echarte de menos en mis planes; hablarle de ti a los extraños, y hacer como que estás ahí a cada instante.
Y cuando ya estamos llegando suena de pronto y por primera vez en años, Alex Ubago. Te bajas del coche ignorando la magia del momento y siento que se me activa un interruptor dentro. Mis emociones están de vuelta y escucho prender los fuegos artificiales.
Mi corazoncito y la coraza lo celebran como una fiesta, y entre que vuelves a entrar, me da tiempo a poner solución a cuatro guerras mundiales.
Echar de menos duele el primer día y se acopla el segundo. El tercero hace cosquillas y el cuarto es negación. En el quinto duerme, pero al final de semana se despierta con cuatro besos y tres risas.
Estás aquí, conmigo.

domingo, 6 de agosto de 2017

Declaración de intenciones

A veces me pasa que pienso en alguien y justo me escribe, o entro en Instagram y veo que acaba de colgar una foto. A veces sueño con alguien y al despertar tengo un mensaje suyo, y a veces, pero solo a veces, esa persona también ha soñado conmigo.
A veces me pasa que pienso en una canción que me encanta pero que hace mucho tiempo que no escucho y justo, enciendo la radio y está sonando. Y me permito tres segundos de esa melodía sonreír como una idiota por esa casualidad.
A veces me pasa que dejo de ver a alguien un año y después en tres días nos vemos todo el rato. Y no me sale qué decir para explicármelo.
A veces me pasa que el día encadena una serie de malas noticias que me parece completamente inverosímil que no haya llegado la noche para poder dormir y olvidarlo.
A veces me pasa que me apetece mucho cenar patatas fritas, pero muchísimo, y cuando llego a casa después de todo el día en la Universidad están ahí, esperando en mi plato.
A veces me pasa que tengo que hacer tres transbordos y el metro se me escapa en las narices en todos ellos. Siempre me toca esperar y nunca me quiero volver a subir.
A veces me pasa que me gusta mucho una persona que sé que nunca se va a fijar en mí, y es justo eso lo que a veces me gusta. No el imposible, sino el hecho de seguir creyendo que puedo enamorarme sin saber sobre seguro que va a ser recíproco. Y solo una de cada mil veces que pasa, me da igual que no lo sea.
A veces puedo tumbarme en mi cama, concentrarme mucho y ser capaz de escuchar el vaivén del mar e incluso sentir el viento rozando mi cara con sabor a sal.
A veces me pasa que pienso en todas las cosas que quiero hacer y me doy cuenta de que necesitaria un par de vidas más para conseguirlas. Y llega un día en el que no me levanto de mal humor y consigo hacer la mitad de esa lista antes de volverme a dormir.  Y eso es lo que más me gusta de mí.

A veces me pasa que pienso en todas las pequeñas casualidades que se cuelan en mi día a día, perturban mi rutina y me hacen parar el ritmo.
Y bueno, sobra decir que algunas de esas casualidades tienen nombre y apellidos.

miércoles, 19 de julio de 2017

Camino no tan unidireccional a la soledad.

He encontrado refugio en la soledad. La herida se ha hecho costra por fin y ya no siento la absoluta necesidad de querer arrancármela todo el tiempo.
Me siento mejor de lo que esperaba, aunque peor de lo vívido vivido.
A veces siento que vuelo y las nubes se vuelven algodón y su breve roce me hace levitar aún más fuerte. A veces, me siento fuerte. A veces escucho a Andrés cantar y me embarga una sensación de miedo, porque yo no quiero sentirme así, como él, con el corazón tan roto. Pero el miedo hace que cierre los ojos y me concentre; y entre suspiros consiga la paz que dan unos acordes y la voz más bonita del mundo.
Y entonces sí, me pierdo. Me quiero ir, y me voy.
Me encierro en una habitación sin llave y sin puertas. Tampoco paredes. Me siento mucho mejor y entonces sí (ya sí), abro los ojos.

Ese limbo momentáneo es lo más parecido a encontrarme que he tenido en mucho tiempo. Y cuando por fin lo hago, lo único que vuelvo a buscar es cómo perderme otra vez.
Porque que no te engañen, lo mejor en este mundo no es amar a otra persona, ni siquiera las aceitunas Camporreal o las patatas fritas, lo mejor es encontrarte cuando no sabías ni qué buscar.

A mi yo de hoy

Perdón.
Perdón por escribir ese mensaje lleno de intenciones a alguien que las perdió hace tiempo.
Perdón por insistir, una vez más.
Perdón por querer saber cómo estás. Perdón por morirme de ganas de que tú quieras saber cómo estoy yo, así, sin ti.
Perdón por engañarme cada vez que (me) lo repito y cada vez que me ilusiono.
Perdón por no perder la esperanza.
Perdón por, aún sabiéndolo, seguir.

Y sobre todo, perdóname por saber que una parte de mí quiere hacerlo aunque duela, pensando que quizá así escarmiente y te borre para siempre.
A ti y a todos los que vendrán.

Gracias por sacarme esa fuerza, persistir y resistir al impulso de mandarlo todo a la mierda un par de veces al día. No se tuercen mis ganas.

jueves, 13 de julio de 2017

Tú lo sabes

¿Sabes esa sensación de conocer a alguien y pensar que en ese segundo las cosas van a empezar a volar a tu alrededor y van a chocar en cualquier instante?
Pues de repente tú. 
El impacto de conocerte.
La caída de mirarte sin poder esconder la vergüenza que me da hacerlo.
Tropezarme cerca, al azar, queriendo.
El mareo, la lágrima de emoción, el corazón como una bomba a punto de estallar.
No saber decirte que no.
Soñar, todo el rato, sobre todo despierta.
Darme por perdida y entender que rememoraré este recuerdo una y otra vez, hasta que en mi mente tenga el suficiente sentido como para cogerte de la mano y dejar que me lleves.

Y después caer. Me duele aún sin proponerme intentarlo. Duele y es algo que no se va a ir. Aunque tú te vayas, la espina de mi cactus no lo va a hacer, pinchando una y otra, y otra vez.

¿Qué puedo hacer? Yo también quiero dejarlo.

miércoles, 21 de junio de 2017

Me quemo

Me ahoga, me asfixia, me quema, me pudre, me mata.
Ya no pienso en ti, pienso en mí y en todas las posibilidades perdidas, todas por miedo.
Miedo a querer, a que me quieran, a darme una oportunidad, a querer abrir los ojos. Miedo a externalizarme y dejarme llevar, sentir y vivir.
Me crece la inseguridad y la angustia en el pecho y me aprisiona como una enredadera que nunca llegó a talar. Mi miedo sólo la riega y le da sol para que no cese.
Y no sé si de aquí a mañana he terminado de volverme loca, bajo a la calle y te lo grito, o asumo -de una vez por todas- que no voy a tener el valor de juntar a la parte que más miedo me da sacar con la que ya conoces.
La impotencia me grita al oído y lo odio. Me consume.
Ya no tengo ni fuerzas para retenerlo más tiempo dentro, es una bomba con cuenta atrás a punto de reventar.
Ojalá pille cerca a esa parte de mí que se escapa y sale corriendo cada vez que me permito de más.

Que ya no quiero nunca más ser de menos.

lunes, 29 de mayo de 2017

No más.

Es imposible escapar de un tsunami que lo arrasa todo a su paso. Es imposible aprender a nadar en otras aguas si cada vez que lo intento la marea sube y las olas me arrastran otra vez a la orilla. En cuanto dejo de intentar flotar me hundes.

Te gusta verme ahí, cerca, aunque no lo suficiente como para que te acerques y me toques.
Te gusta que no me vaya para poder irte tú y volver cuando te canses, sabiendo que voy a estar ahí con mi mar en calma y como si fuera una balsa.
Te gusta que a mi me guste esa reciprocidad que roza todos los límites habidos de locura.
Te gusta que me acerque al peñón más escarpado y la ladera más empinada solo para verte y acercarme. Yo que siempre he tenido miedo a las alturas...
Te gusta dejarme rota y clavarme mentalmente tu ancla en el pecho, para que me acuerde que a donde vaya, llevaré tu arena en mis dedos.

Y lo peor era que a mí me gustaba todo esto y casi me gustaba el daño que me hacías sentir solo porque me hacía(s) sentir viva. Me hacía(s) sentir cerca y eso me bastaba, pero ya no.
No más.

martes, 23 de mayo de 2017

Que estalle

Solo quiero liberarlo. Vomitarlo.
Me revienta ser incapaz de dejarlo salir, fluir, ser.
Me revienta meter esa parte de mí dentro de un cajón y cerrar con llave, jugar al escondite con ella y apartarme. Fingir todo el tiempo que no estoy ahí, que no es para mí.
Me revienta darme por vencida de una vez por todas, no verme luchar y no salir de una vez de ti. Como si tuvieras imán. Como si fueras la última persona del planeta.
Me revienta que duela así siempre. Que mi valentía se olvide de mí y me deje tirada cuando mi cabeza grita hasta el desmayo.
Me revienta acercarme peligrosamente al borde y querer mirar, cuando lo único que quiero hacer es tirarme. Sumergirme hasta sentirlo de verdad en los pulmones.
Me revienta no ser capaz de permitirme. Mi juicio lo está nublado todo, el monzón ha caído y la única que se arrasa soy yo.
Me revienta no ser la primera persona en la que pensar, que lo ocupe cualquiera que se acerque a pedir la hora.
Pero sobre todo me revienta que esto me reviente tan fuerte y tan dentro. Solo quiero estallarlo.

lunes, 15 de mayo de 2017

En tu galaxia todo gira

Atravesamos cinco galaxias en una mirada, todos los planetas explotaron y el polvo cósmico que dejaron nos cubrió hasta las orejas.
Mi luna orbitó tan cerca que se creyó planeta, mi constelación de estrellas brilló por última vez y mis asteroides se volvieron locos sin saber sobre quién girar. Por primera vez en años, todo quedó en silencio. Después de que implosionara todo, el cielo se quedó negro y frío.
No fue el big bang lo que sucedió aquella noche, fuiste tú haciendo saltar todas las sirenas de emergencia de mi corazón; bombardeando a fuego lento hasta el último de mis cuerpos estelares.

El Sol dejó de esconderse y volvió a aparecer, y ya nunca hubo oscuridad.

domingo, 14 de mayo de 2017

Rehén.

La espuma se deshizo en el momento que parpadeó. Ella seguía allí, a su lado, impasible. Sonreía cuando sus miradas se encontraban, un par de segundos más de lo que se permitían al día.
Fugaz como el vaivén hipnótico de las olas, acercándose a la orilla incansablemente. Así se sentía, día a día, desde que se conocían. Quería acercarse y empapar, pero solo conseguía ser el faro que se divisa a distancia para que el resto de barcos se acerquen. Quería que ella se acercara y echara el ancla. Inspirara muy fuerte y retuviera la sal en los pulmones para cicatrizar el resto de heridas.
No le costaba verse a su lado. El esfuerzo mental ocurría sintiéndose en choque continuo, incluso como rectas que nunca llegan a converger, o peor, que lo hacen en un punto en el que divergen para siempre.
Cada paso que daba en la distancia de arenas (movedizas) se sentía rehén se unas manos que no permitían su avance y su fin. Y ella siempre estaba a la misma distancia, por mucho que su empeño fuera en recortarla.
Se observaban con el corazón creciendo en el pecho y las ganas latiendo, pero mil obstáculos entre medias.
Sabía que la primera barrera estaba en su cabeza y que en el momento en que decidiera tumbarla, todas las demás, como en efecto dominó, caerían sin apuros.
Las manos de las arenas que la detenían seguían haciendo de su barrera particular un muro cada vez más alto, y ya apenas conseguía saltar lo suficiente para verla.
Solo conseguían colarse un par de rayos de sol al atardecer, y aunque sabía que no debía, escalaba el muro hasta la cima, porque conocía de qué estaba hecho (y las ganas siempre podían más).
Sin embargo nunca podían más que el miedo, y el esfuerzo que suponía escalar a diario nunca lo utilizó para derribarlo de una vez. Se sentía como si le hubieran puesto unas esposas y le pusieran la llave al alcance de la mano.
Podía despojarse de sus principios podridos tan pronto como quisiera, estaba ahí.
Cuánto más se escondía más se encontraba.
Entendió, y dolió casi más que perder su libertad, que para amar a alguien primero tenemos que concedernos la posibilidad (incluso aunque sea remota) de entender que nos pueden llegar a querer lo suficiente como para permitirnos o no tirar nuestros muros, sin preguntas, por qués o ultimátums.
El verdadero amor es la libertad que nos concedemos para ejercerlo, y aunque nace en uno mismo este siempre acaba siendo una prolongación de saber proyectarlo mucho más que los miedos.
La libertad jamás tiene miedo.

jueves, 27 de abril de 2017

Como que estoy rota sin ti

No sé qué me pasa. Igual es el alcohol echandose una carrera en la autopista que lleva a mi corazón. A doscientos por hora, directo para estrellarte.
Te echo de menos a muerte, tan fuerte. Otra persona sin ti.
Te busco entre la multitud. Voy fuera de mis niveles de visión normal. Todos me parecen tú. Yo quiero que todos sean tú y no parece haber manera. Estás en la boca de todos, igual literalmente. No sé qué pensar si no es contigo.
Me nubla el pensamiento el alcohol. Igual solo es mi estúpido deseo febril de verte, igual son las confesiones de una persona inmune al amor, pero no vacunada contra él. Igual te has colado hasta por la nariz y te respiro sin esfuerzo cada vez que aspiro.
Si te dibujo más fuerte te hago realidad. Si te pienso más rápido me corres entera. No me libro de ti ni leyendo todas las páginas, ni buscandote en el fin.
Estabas ahí, con los brazos abiertos y todo dispuesto para mí. Solo tenia que dejarme caer...
Me hubiera hundido en el Titanic por ti. Me hubiera hundido en ti.
Que sí, que sí, que todo es por ti. Hasta cuando te pienso en bajito me ametrallas a gritos.
Tan fuerte. A muerte.

martes, 25 de abril de 2017

La niña con miedo a ser mujer

La niña miró, sin saber.

Cuando por fin comprendió, la "mujer" se acercó, sin miedo.

Obvió el temblor de rodillas y se acercó, con las palmas sudorosas, las pupilas dilatadas y tres o cuatro gallos en la voz.
No pudo más que susurrar, aunque no hicieron falta las palabras.
Se comieron todas las ausencias en un suspiro que duró un latido de corazón. Se habían coordinado hasta el punto de latir con fuerza, con rabia.
Su cintura parecía un circuito de carreras, pero esta vez tomó la curva sin miedo a estrellarse, a doscientos por hora y sin mirar el retrovisor. Le pareció ver una luz al final del tunel, y una voz que susurraba su nombre.
Se sintió poderosa al instante y retomó el tacto suave de sus yemas al recorrer las líneas invisibles de su cuerpo. Pego su sonrisa a su espalda y sintió el ardor inundarlo todo.
Estaba perdida.
Rodeó despacio sus caderas, cerrando los ojos y controlando su respiración. Sintió la primera arritmia.
La respondía como si proyectara sus movimientos en un espejo. Esperó paciente a que siguiera. Esperó.
Sentía el vello erizado en su piel y una sensación de prohibido que tenía un gusto especial.
Se había detenido ahora por completo, esperando a que siguiera con su festín particular. La electricidad que vivían, en un espacio tan reducido, podría haber iluminado una ciudad entera -pensó.
Su mente bullía deprisa, quemando el carrete de película que esperaba a continuación. Siguieron las acometidas en formato caricia en un sin fin de respiraciones entrecortadas, llevándose las inseguridades al otro lado de la habitación.
Se llenaron. Se saciaron. Se sonrieron.

La 'mujer' se sintió ahora más niña y más plena, y desapareció la primera cana (y la primera arruga) dando paso a la primera risa en mucho tiempo. Se abrazó por dentro y apretó muy fuerte para no dejar salir esa sensación nunca.

domingo, 16 de abril de 2017

De corcho

Es como si de repente me hicieran vacío entre el hueco del pecho y el estómago y me hiciera una bolita. Estoy bien así, conmigo, pero mi mente viaja rápido y está en otras manos, entre otros brazos y ahí reconozco el bienestar (que no es lo mismo que estar bien).
Entonces imagino el daño que aún no me has hecho y las ilusiones (que aún no has sembrado) destrozadas, las rutinas rotas y las noches en vela. Y entonces comprendo, incluso antes de empezar a quererte como tú quieres que lo haga (y como yo me muero de ganas de hacer) que nunca sabré ser las estrellas para la luna, la anchoa para la aceituna o el Madrid para la Champions.
Si cierro los ojos imagino todo lo que haríamos y el presente me parece lejano y una invención pasada de algo que abrió las puertas a un 'nosotros'.
Pero no me malinterpretes, si dueles es porque me he imaginado tan feliz que me ha dado vértigo. He querido volar tan alto que al coger carrerilla el impulso me ha dado un vuelco y me ha dejado ahí arriba, esperando a que los 'bomberos' me bajen.
Estando ahí arriba es donde lo he comprendido todo. Lo he visto con perspectiva. Como dice Risto, tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad, pero nuestro magnetismo ha creado un nuevo microuniverso y sentirse 'de otra órbita' me parece lo más afin al nuevo estado en mi corazón.
No, no estoy dormida, ni en el cine ni ocupada.
Estoy encorchando el vino de mi corazón para que con los años, se haga de la mejor reserva del mundo.
No, no estoy preparada (y aunque me temo que nunca lo estaré), no tengo fuerzas para soportar el desastre que traerás contgo.

El ciclón dio paso a la tormenta pero al final salió el arcoiris.

martes, 11 de abril de 2017

Mi mañana

A mí lo que me da envidia no es lo que hacen, es que puedan soportar vivir haciéndolo. Habiendo tomado el riesgo de que 'eso' no les guste a los que están a su alrededor (sus pilares) y puedan sentirse desplazados. No asumo que les de igual, pero presupongo (y probablemente no me equivoco) que son personas valientes que se han plantado de pie y no piensan arrodillarse.
Eso es lo que admiro tan embelesadamente. Que no tengan que esconderse de lo que les gusta, que puedan vivir de lo que disfrutan. Algo que para otra persona podría ser un tormento, otros lo exponen incluso a riesgo de quedarse solos.
Es verdad, quien no arriesga no gana (pero tampoco pierde).
La mayoría de veces hacen cosas que te parecen sencillas cuando las ves, sentado en el sofá de tu casa, pero la magia es precisamente esa. Parece fácil y al alcance de tu mano, pero no lo es. Parece fácil porque está bien hecho, porque la manera de acercarlo al público es sublime y tan exquisita que sí, incluso piensas que tú también podrías. Pero no, no es así (al menos no de la manera que ellos lo hacen).
Sin embargo, incluso pudiendo ser tachada como una hipocrita, me reafirmo en lo mismo: yo sí podría hacer eso que admiro de la gente que sigo. Porque en alguna parte de mí -que no dejo salir- lo siento puro y verdadero, pero no, no es hoy ni ahora. El día que el corazón ruja de verdad el sonido será tan estridente que todo lo que habías escuchado antes te parecerá mentira. Porque lo es.
No traigo la verdad porque solo doy paso a la mentira cada vez que me levanto, solo digo que el día que encuentre esa fuerza vital y me envalentone, mejor quieras estar preparado y te eches a un lado.
Lo mejor está por venir, no está pasando.

lunes, 10 de abril de 2017

Inspiraciones

Aspiró.

La vida le pareció sencilla y frágil en ese momento, como si pudiera encerrarlo todo con el puño de su mano. Lo bueno y lo malo.
Vivía con distinta intensidad los acontecimientos que antaño le habían reportado una felicidad plena, y aunque ahora entendía el por qué, el tiempo había hecho mella y había astillado el bosque de sus pensamientos. Nada parecía igual. Se veía lejano, sintiéndose una extraña en su vida, como si no le perteneciera.
A veces llegaba a aislarse tanto que su burbuja espacio temporal la llevaba a otra época y otra forma de vivir, y cuando despertaba del sueño, todo a su alrededor parecía estar en otra dimensión.
La gente que la rodeaba a veces parecía atravesarla, como si en vez de hablar con ella lo hicieran con alguien que estaba detrás, alguien que sí se sentía como ellos. Parecía habitar un cuerpo que no terminaba de conectar con la red neuronal que la ataba a ese juego dimensional.
Todo le parecía laxo, como muerto. Se sentía atada por su entorno y a menudo imaginaba lo que haría a esa hora, las 3:05 am si se encontrase en otra situación y con otras personas. La tentación era grande, pero sabía que al final se cansaría del riesgo, de la inexactitud de vivir hasta quemarse, y volvería avergonzada a pedir perdón a una rutina muda y ciega.
Ella seguía ahí, en la mitad justa de dos mundos a los que no terminaba de pertencer: por un lado se sentía cuerda, sencilla y de costumbres mundanas, pero cuando dejaba libre su imaginación volaba literalmente para liberarse de todas las ataduras del mundo exterior. Era como un niño que quiere salir a jugar constantemente. Lo hace, pero se cae y llora, y vuelve corriendo a que le sanen las heridas. Cuando se recupera, vuelve a jugar y por ende, a lastimarse las rodillas.
Asumo que algo así es lo que le pasaba a ella, pero en vez de caerse, se rompía emocionalmente. Ansiaba sentir el vértigo que te acorrala y te hace sentir viva, pero cuando lo tenía, no sentía que se lo mereciera y lo dejaba ir, corriendo en dirección contraria y sin echar la vista atrás por si la seguía.
Era una cobarde. No sabía afrontar y ser consecuente a lo que anhelaba. Su niña interior quería salir a jugar, pero ella cerraba los ojos y la ataba para que no pudiera, haciendo sangre de una herida que no terminaba por llegar.

Expiró.

Una ducha mucho más emocional

Se dio cuenta de todas las mentiras que se había estado haciendo cuando salió de la ducha aquella noche. No estaba sola, pero si cerraba los ojos se veía desdoblada en un ente con el que podía entablar conversación. Así se descubrió a ella misma y por una vez en la vida se entendió, como si aprendiera de nuevo a hablar.
Sus pensamientos, lejos de ser difusos, eran más claros ahora. Todo tenía sentido. Recordó las anécdotas más extrañas que habían hecho elegir su forma de esconderse ante el problema. Es verdad, tenía un problema. Se sentiada emocionada porque al fin había conseguido descifrarlo. Su cabeza bombeaba con fuerza nuevas formas de ponerle solución, y todas morían cuando apenas habían nacido.
Se sentía poderosa y orgullosa de conocer el mecanismo tan complejo que formaba. No entendía qué había podido pasar para detonar aquella verdad. Suponía que ducharse era de lejos la mejor manera de solucionar su vida en 10 minutos. Cuando caía el chorro de agua caliente se prometía que cambiaria muchos aspectos negativos en su vida, pero al cerrar el grifo y salir afuera, tal como sucede en la vida, el frío la dejaba paralizada y perdía toda esperanza de conseguir sus objetivos.
Empezó a hablar en voz alta cuando estaba sola como si su interlocutor estuviera de cuerpo presente, y se acostumbró al profundo silencio que rebosaba a su alrededor como única respuesta a sus preguntas.
La obsesión creció al término de semana y se expandió de su cabeza a su corazón, como un tumor que sufre metástasis.
Valoró tratarlo con quimio y radio, pero se dio cuenta de que si lo hacía, también mataría todo lo bueno que le quedaba (y ese era un precio que no estaba dispuesta a pagar).
Al final, como sucede con la mayoría de los problemas que se hospedan como bandalos y ocupas en nuestra cabeza, decidió ignorarlo y hacer como si no estuviera.
De hecho, actuaba contradictoriamente a aquello que valientemente había prometido hacer en la ducha. Ahora todo se había empañado y ya no le parecia una cosa tan genial sentirse diferente.
Añoraba lo mundano de la gente a su alrededor y pronto se fue marchitando, dejando que su primavera no conociera el sol y el calor. Sentía un invierno siberiano en la piel, acompañado con un vacío negro que no se dejaba asímisma llenar.
Se empezaba a cansar de negarse una realidad que sufría a diario y empezó a pensar otra vez en revelarse, pero sin más fuerzas que la negativa precedente que escuchaba sin ni siquiera preguntar.
Se sentia hostil, como si no perteneciera realmente al sitio en el que estaba. No encontraba hogar para los pedacitos que la habían debastado, y cualquier atisbo de felicidad compartida a su alrededor se sentía como un recordatorio de la barrera. Quiso derribarla entonces a puñetazos y patadas, pero se sentía impotente. Era increíble la manera en el que el destino estaba jugándosela, y sobre todo, la impasibidad que no podía vencer.
Se encontraba más que nunca en un coma emocional y solo despertaba un par de minutos al día para comprobar que seguía ausente de la realidad de marionetas que seguía construyéndose alrededor.
Triste y ya no con tanta fuerza quiso abandonar, pero tampoco podía. Quiso mezclarse entre la gente y evitar llamar la atención. Dolía de una forma suave y dulzona al principio, y pronto descubrió que si no hondaba en esos pensamientos no terminaban por derrotarla. Solo se sentía con ganas de luchar cuando no se presentaban más alternativas que hacerlo, y reprimia cada impulso por sacar su ente combativa y revolucionaria.
Aunque aún no había entendido bien el proceso del cambio, se vio de repente a si misma en un espejo, cinco más vieja y rozando con sus manos la puerta de la felicidad. No quiso acabar de ponerle rostro, pero no, ya no estaba sola.

lunes, 30 de enero de 2017

Amor egoísta

Jugar es todo lo que le pido a la vida. Incluso aunque pierda, prefiero intentarlo, meterme y mancharme hasta el cuello que fracasar sin haberlo sudado.
Nunca sabes qué -o a quién- encontrarás cuando bajas la cabeza y desistes.
La vida es persistir, resistir, perseguir el elixir del existir (LDS) y hacer camino hasta no poder dar un paso más. Tropezar y caer, trastabillar y ponerte a bailar, romper la piedra a tropiezos y no dejar de intentar luchar por lo que -o por quién- te hace feliz.
La concesión hormonal dura un instante tan efímero como lo es un parpadeo para otear una media sonrisa en la cara de un extraño en un andén repleto de gente.
Prefiero pensar que vivir es todo aquello que ocurre entre sonrisa y sonrisa (y no entre suspiro y suspiro). Ese paréntesis es más una supervivencia necesaria que nos permite apreciar, tocar y ponerle cara a la felicidad.
La tendencia es obsesivamente clara: ponemos en tela de jucio -peyorativo- lo que no entendemos por miedo a demostrar nuestra ignorancia. Lo que se sale de nuestro cerco y zona blandita pasa a ser la burla constante de nuestros días. Nadie nace odiando, se aprende enjuiciando la vida (aparentemente más bonita) de los demás y tratando de romperle los esquemas. Que sienta nuestro dolor y nuestro pánico.
Solo porque tenemos miedo no intentamos aprender a ser felices, intentamos que a nuestro alrededor se vuelvan tristes y mustios para encontrar algo que nos reconforte en nuestra miseria. Como si nuestro gozo fuera sentirnos pobres de espíritu. Hemos interiorizado que sentirnos miserables entra dentro de la monorrutina horaria de nuestros días.
El lema es sencillo, 'si yo no puedo tenerlo, que nadie más lo tenga'. Así con todo y así nos va. La vida no es injusta, es simple, somos nosotros quienes pensamos que la justicia es un ente cuantitativo y que por tanto podemos medir su amplitud. Como si fuera algo concreto. Como intentar ponerle diques al mar. Como intentar encerrar el amor en una poción mágica de enamorados (así de absurdo suena). La justicia solo es una herramienta para hacernos sentir iguales en un mundo desigual.
Todo artificio del hombre, por definición, es una construcción que media para un fin: contentarlo a todo propósito. Pero la justicia es lo suficientemente abstracta como para reírse de nuestra inocencia mal lograda.

En base a lo que dijo en su día Einstein, tratar de valorar las mismas aptitudes (y actitudes) en personas distintas y juzgarlo como 'lo más justo' solo lleva a la devacle armónica de nuestros pequeños multiuniversos.
Somos plurales y distintos y eso es, en tiempo real y preciso.

La vida está ahí para que la cojas y decidas tomar las riendas, no marearte y elegir bien la compañía.
Por cada persona que te de la mano y te impulse a seguir, a luchar, habrá diez que te pondrán un techo de titanio para frenar tu avance. Incluso aunque de esa manera ellos no puedan avanzar tampoco.
Para otros diez serás el necio que lo intentó -y hasta ahí podrán leer antes de que les saques de tu vida.
Pero es que mientras haya una sola persona que te mire y sonría aunque te caigas mil veces, te equivoques y fracases, para mí merecerá la pena intentarlo. Sé que extrapolar este razonamiento a tu madre, padre o hermano es lo más sencillo, pero yo hablo de uno mismo.
Todos los gurús espirituales se han equivocado a lo largo del tiempo, o en realidad no han precisado bien. La fuerza más poderosa sobre la faz de la tierra es el amor, sí, pero siempre hacia nosotros.   -Amor propio como participio activo y constructivo de nuestra identidad.-
Nadie luchará por ti como tú lo haces.
Incansable, incesable, imparable.
Sólo tú sabrás lo difícil -y lo que disfrutaste y aprendiste- para poder llegar. Incluso cuando no llegas.
En ese momento es cuando miras un palmo detrás y encuentras la otra clase de gente. Porque si había diez que te iban a frenar (y son los que a menudo triunfan) siempre hay un par que retrasarían su avance para que tú pudieras dar un paso. Sobre todo para que tú no dieras un paso hacia atrás.
Con algo de tiempo he llegado a entender que esta última clase de gente, no son solo gente, son personas. Y somos de quienes nos miman despacio y bien. Trabajan en la sombra diciendo 'no mires hacia abajo' para que el vértigo no te atenace y te caigas. Tienen el corazón tan grande que, a veces, y más de las que me gustaría admitir, les ciega ante una verdad (mi verdad).
La ostia es parte de la realidad y parte del proceso de aprendizaje. Es el camino rápido y doloroso. El práctico. Después de experimentarlo, y solo después, entiendes a las *personas de corazón grande* y su afán por mantenerte en volandas.

El egoísmo del hombre no llega a imponerse nunca, siempre hay un resquicio que lucha y reivindica. Con las manos en alto y la mirada al frente. Sí, son las *personas de corazón grande*.

lunes, 23 de enero de 2017

Ejercicio de comparación

Cuando te pones malísimo físicamente hablando, casi cualquier desasosiego mental te parece una memez.
Me parece un buen ejercicio de comparación para poder atisbar, aunque solo sea de lejos y momentáneamente, lo que echamos de menos cuando se nos niega algo.
Extrapolo necesidades básicas como dormir sin agobios, comer lo que te apetezca e incluso beber agua a situaciones límites de pérdidas personales.
No es lo mismo decidir consicientemente dejar de hacer algo - o dejar de entablar contacto con alguien - a que te impongan la negación física de lo mismo. Más que aprender a valorar el significado de lo que nos rodea, sirve para apreciar y disfrutar los pequeños detalles que hacen del día a día algo más allá de la rutina.
En esta vida hay prioridades y saber establecer cuáles son las nuestras es un imperativo. Todo es una elección incluso cuando no es consciente. El hecho de negar (o no) su autoridad solo da razón a este argumento. No hace falta escayolarse una pierna para anhelar echarse a correr o perder para siempre alguien a quien ya nunca vas a mirar para quererlo el doble. A veces un toque de atención es suficiente para pararnos a pensar un poquito más sobre quién o qué merecer prioridad.
Mi cirscunstancia es simple. A menudo me doy cuenta tarde de las cosas y llego cuando todo es una nube gris a punto de echarse a llover. Pero no me hace falta ver granizar para echar de menos el Sol, al igual que no me hace falta discutir para querer algunos regresos con todas mis fuerzas.
No todo el mundo viene para quedarse, y aunque mezcle intenciones haciendose un hueco entre mis brazos, sé que la mayoría de veces es porque necesitan curarse antes de despegar (otra vez).  Y este es un hecho tan real y tan cierto como el respirar, lejos de levantar suspiros melancólicos ha abierto mi mente un palmo más, y puede que sea medianamente capaz para saber interpretarlo cuando ocurre.
El problema radica en equivocarse. El error de empalelar un sujeto con la pegatina de estable y colega es sinónimo de que tus prioridades se tambalean como un terremoto a pequeña escala. Y piensas que cuando se van las echaras de menos - como si antes no las hubieras valorado lo suficiente - pero las cosas no funcionan así. No puedes quedarte esperando con miedo el curso irremediable e inexorable de las cosas. El destino te mece a sabiendas de que las decisiones conscientes que tomas te llevarán a un espectro amplio de personas y experiencias. Si tienes vértigo mientras ocurre no podrás disfrutar al máximo de lo que estás viviendo y tus recuerdos, el día de mañana, no serán más que líneas mojadas en papel de servilleta.
Nunca te acuestas sin saber algo nuevo. Mi lección de hoy es simple: prioridad a quien te la da; las cosas ocurren con un motivo. Somos artífices de nuestro destino.

sábado, 21 de enero de 2017

Nada llega.

Me siento terriblemente incomprendida. Y es terrible porque no encontrar consuelo al abrir los ojos frente a un problema es en sí el problema.
No es un problema de encajar o de una primera impresión, es de compatibilidad.
Es como si tuviera una visión idílica de las relaciones puras a mi alrededor con gente con la que me esfuerzo en comprender pero que no veo que se sientan en reciprocidad por comprenderme.
Como si llegara tarde a grupos preformados y cerrados en los que a veces no me atrevo ni a compartir una impresión sobre algo porque siento que si me conocieran, no me haría falta verbalizarlo.
Es un mundo paralelo en el que la gente ya se conoce y se visita a diario, han creado un vínculo lo suficientemente fuerte como para compartir todos los aspectos de sus vidas.
Y entre medias estoy yo. Desencanjada. Sintiéndome pequeñita entre enanos que solo me necesitan con una frecuencia dolorosa y estrictamente interesada.
No es una sensación de rencor o envidia, lo único que consigo encajar es pena. Un pozo inmenso y seco. Abandonado a su suerte.
Cuando tu día a día se basa en relaciones más vacías de lo que te esperas, acabas vaciándote de emociones fáciles que te arrancan una sonrisa.

Acabo creando fobia a entablar amistad, refiriéndome a esta como una relación profunda, sin maquillar, detallista y sincera. Y al final me he vuelto una perfeccionista en contactos basura superficiales y banales que solo me hacen recordar que no soy lo suficientemente apta como para ser una más. Un rebaño fenotípicamente feliz al que no puedo acceder.
No puedo hacer más que mantenerme aparte viendo como la gente se promete un camino juntos, mientras el mío es sinuoso y oscuro.
Lo peor, o lo mejor según se mire, es la sensación reconfortante que me produce estar a solas conmigo misma, autosatisfacer mis necesidades sin ningún otro contacto social y sin volcarme por ser comprendida.
Y quien realmente llega a raspar la superficie se encuentra con una barrera física que le impide salvarme a diario de un barranco que tiene mi nombre y me susurra de noche.
Lo que más duele es ser consciente de la realidad y de terminar pensando que al final no eran ellos los raros, era yo. Porque independientemente de la gente que me quiere (incondicionalmente), la mayoría no lo han hecho como una elección libre y premeditada. No me refiero a ello como una imposición, pero es raro.
Querer es entender que antes que matar por alguien, serías capaz de morir por. Y aunque he madurado lo suficente como para saber que mi familia no dudaría, duele muchísimo darse cuenta de que a tu alrededor, en ese núcleo por el que darías hasta el último aliento, la gente encuentra su pareja de baile. Y yo no hago más que pisarme los pies cuando la música suena. Debe de ser que sueno en otra sinfonía, otros acordes y otros instrumentos y aún ningún músico se ha atrevido a leerme.
He intentado volar sola pero inconsicentemente cuando consigo elevarme unos metros y el viento sopla de mi parte, me da por mirar hacia abajo y el miedo me paraliza (una y otra vez).
No sé entender que las cosas pueden ir bien y que no es algo que tenga que cambiar. Simplemente ocurre.

Y sí, al final esto también pasará.

sábado, 7 de enero de 2017

Sí.

La sensación es extraña. Es ya casi una rutina. Los cascos me aislan y me hacen olvidarme hasta de que respiro y entonces, antes de revivir, te cuelas en mi cabeza.
Reproduces la cinta del recuerdo que nos muestra felices y no me hace estar triste de una manera corriente, es más una forma de añorar un pasado todavía reciente.
Más que doler, el sentimiento es no comprender. El devenir de las cosas se ha torcido de una manera que, echando la vista atrás, jamás habría dicho que pudiera suceder.
Supongo que así es un poco la vida, todo eso por lo que nunca apostarías que sucediera y que en un breve periodo de tiempo ocurre. La vida espera tu reacción, que te enfades, que llores, que supliques, que pidas perdón... Lo que no se espera es que te muestres indiferentemente triste ante algo que no tiene arreglo.
Si no tiene solución, no es un problema. Y pasas de mirarlo con dolor a mirarlo con lástima.
Ya no me reconozco en las líneas que han hecho el camino que piso hoy, no sé quién fue la que hizo todas esas cosas y se creyó todas esas promesas.
Quizá soy la misma ingenua de siempre y he terminado forzando los hilos a romperse de una manera absurda y ridícula.
Sí, tengo cierta envidia de mi yo de ayer, lo que hizo y con quien lo hizo; lo que sintió y la sensación de las primeras veces. Lo cerca que estuvo de la consecución de su aparente felicidad y la precisión con que lo echó todo a perder. Bueno, quizá de eso no la tenga tanto.
Esa es la nueva yo, pisando flojito y echando la vista atrás, pidiendo perdón antes de pecar y dando las gracias por adelantado. Haciendome cada vez más pequeña y agrandando las dimensiones del mundo para que ya no me quepan en la mano.
Esa es la persona en la que me estoy convirtiendo; insegura, indecisa, incorrecta, incoherente, y no tan implacable como antes.
El reflejo del espejo no es tan nítido y no muestra una sonrisa perspicaz y atractiva, sino la aprobación casi constante de personas que conozco mejor que me conocen.
Mi caos se ha ordenado y es aburrido. Toda la entropía de las cosas que amaba se ha destruído y aunque creo saber la forma en que puedo hacer que las cosas vuelvan a su cauce, no he terminado de encontrar las ganas por hacer que suceda.
Quizá haya admitido que aunque lo haga, algunas personas no volverán a mi lado porque ellos no habrán sufrido mi misma metamorfosis.
El problema reside en mi constante empeño por hacer que vuelvan, cuando si son lo suficientemente importantes lo harán por ellos mismos o simplemente, el tiempo volverá a poner las cosas en su orden aleatorio.
Hasta entonces, he encontrado el vicio perfecto para olvidar que por mucho que procrastine las cosas no se resuelven solas e incluye mi cama, un libro, comida, series y a mi hermano.
Es lo más cercano que he encontrado a la felicidad y de esto es en lo que más segura estoy a día de hoy.

Sí. Adaptarse o morir.

miércoles, 4 de enero de 2017

Stubborn love

Rozó ausente el sitio del que se acababa de levantar, aún caliente. Sintió su aroma perdiéndose en el viento y colándose de nuevo en sus pulmones. Decidió nunca expirar.
Reanduvo sus pasos entre la maraña de gente y evitó levantar la vista más de un palmo del suelo para no caer. La gente se agolpaba a su alrededor en dirección contraria y la empujaban contra los lados, peligrosamente cerca del traqueteo de los coches.
Se escabulló unos metros más y paró para reponerse del cansacio. El aire flotaba limpio y fresco por encima de su cabeza y solo una bocanada era suficiente para retomar su rumbo.
Había decidido seguir sus pasos incluso después de la despedida. No podía ni quería permitirse añorar a su remitente tanto tiempo. Al menos no ahora, que sentía avivarse la llama dentro de su ser y ninguna ráfaga de viento podría hacerlo esfumarse.
Anduvo por lo menos tres horas hasta que las calles se vaciaron y las farolas se encendieron. Una espesa niebla borraba sus pisadas apenas una manzana a la redonda. No podrían volver a encontrarse nunca, pensó.
Suspiró y un vaho febril le nubló instantáneamente la visión. El frío comenzaba a calar hondo en sus huesos y el fuego que latía en ella se había reducido a una tímida cerilla de llama azul.
La parada del bus quedaba a apenas unos metros de su posición y aunque la vislumbraba en la acera de enfrente, se negaba una y otra vez la mera posibilidad de que no hubiera cogido ya un tren.
Dio media vuelta y una bofetada de aire caliente la hizo girar sobre sus talones. Podría distinguir aquel perfume hasta en el fin del mundo. Cerró los ojos fuerte hasta vislumbrar la figura de su contorno en las sombras. Sonrió despacio calando en su mirada y se dirigió veloz hasta la puerta de entrada.
No, aún no se había marchado.
Buscó en la única estancia iluminada con máquina de café que había y, como si la hubiera oído llegar, vio cómo se giraba.
Se quedó mirándola en la distancia, con un atisbo de asombro en sus ojos y la boca entreabierta. Respiraba con dificultad y bajo aquella mirada divertida descubrió dos bolsas oscuras que marcaban su semblante. Habían pasado varios días desde que se había permitido descansar, con la preocupación de no volverla a ver.
Recordó aquella primera y cálida vez entre sus manos, acariciando con temor hasta el último recoveco de su piel.

Transcurrido el minuto más largo de su vida, vio como sonreía. Tal y como había imaginado, sujetaba un vaso de café en la mano -que se había quedado frío rápidamente- y una caja de pastas a su lado. Se acercó sintiendo su cuerpo temblar y se sentó. Nadie dijo nada. No hizo falta.
Sus manos entraron en un contacto casi doloroso y dejó escapar la primera lágrima de la noche. Permanecieron así durante una eternidad, hasta que su interlocutor -como bien gustaba en llamarle- se arrodilló frente a ella y la abrazó. Primero la besó en la frente y sintió la diferencia de temperatura entre ellos. Ella estaba fría como un témpano de hielo, pese a las innumerables capas de ropa que llevaba.
Se miraron despacio, cubriendo las ausencias de aquellas horas en las que temieron no volverse a ver. La besó despacio en la comisura y fue desplazándose por sus labios con infinita lentitud. Ahora estaban a la misma temperatura.
Levantó la mano para colocarle el mechón que cubría la parte derecha de su rostro detrás de la oreja y sintió como la piel se le erizaba por completo. Aquello parecía una secuencia a cámara lenta, pero sentían que si rompían la burbuja de velocidad, aquel instante se perdería para siempre.
No quería parpadear, temerosa de volver a aquella humedad pegajosa y el vaho incesante que le nublaba la mirada.
Estaba allí, de su mano, y aunque tenía todo el miedo del mundo se sintió por una vez en casa. Y decidió que no quería otro hogar porque la llama volvía a vibrar con fuerza y el fuego le bombeaba en las venas.
Se permitió aspirar ese momento y capturarlo entre su caja torácica para poderlo aspirar siempre.

lunes, 2 de enero de 2017

Primera maravilla del mundo.

La música es la conexión más rápida, pura y enérgica de atisbar la felicidad.

A veces solo son necesarios los primeros acordes de una melodía para que recuerdes un momento feliz y saltes, cantes o sonrías, simplemente.

A veces las letras se cuelan en la parte profunda de nuestro laberinto y se quedan sin salir días, hasta que encuentran una salida forzosa porque sienten el fuego. Quemamos, literalmente, la música que consumimos porque quizá son esos tres o cuatro minutos los únicos que en un momento nos ponen los pies en el suelo y dejamos de sentirnos mareados. Nos agarramos a esa sensación de la misma manera que un drogadicto de aferra a su dosis.
Y como lo es la droga, la música es un macromundo repleto de paises, ciudades, barrios y rincones distintos.

Personalmente me gusta viajar en el sentido metafórico y musical descrito, moverme del rap al pop, pasando por el reggae, el jazz, el rock, la salsa...

Y si hay una sensación única y que me produzca escalofríos es la de saltar en un concierto. Vivir. Sentir la música bombeando en tu cuerpo. Las guitarras haciendo vibrar sus cuerdas como si fueran tus venas las que se rozaran al compás. La batería marcando  la métrica a la que late tu corazón y tus piernas siguiéndoles de cerca cada nota. Como si saltar más alto sonara como un 'do' y volver a impactar sobre el suelo como un 'fa'.
Las gargantas aullan ante la luz de la luna, que casualmente se viste de cantante unas pocas veces al año y eclipsa centenares de personas que por un momento, se olvidan de sus vidas y se concentran en saltar codo con codo con algún desconocido.
A veces cierro los ojos muy fuerte y escucho las voces corear al unísono las letras de las canciones que tanto he escuchado por los auriculares. Todo ese aire que respiro -sudor, cerveza, ruido, golpes, roces, besos- se agolpa en mis oídos y crea la mejor de las canciones posibles.
Y ahí estoy yo, entre el gentío, unida a ellos por una arteria repleta que lo inunda todo a su paso y arranca las caras serias para dejar paso al torbellino de emociones encontradas.
He escuchado directos de canciones que no me movían por dentro y al volver a casa aún seguía con los ojos abiertos -y la mirada perdida- tarareando anímicamente las notas que se habían grabado con fuego al sentirlas a pocos metros de mí.

Me he quemado en el fulgor de la música, las pausas entre canciones, los comentarios del artista y su obra, los saludos entre gente desconocida hasta esa fecha y los rostros que anhelaban 'una última' antes de irse a casa.

He sentido el vuelco de la vida al darme cuenta de que agarrar a un amigo por los hombros y cantar desgarrando la canción en su oído es la forma más sincera de complicidad y alegría. De apropiarse un verso y hacerlo tuyo y de alguien más mientras se lo gritas al viento y esperas que lo retumbe en su pabellón.

La embriaguez que provoca la música me ha hecho bailar más feliz que cualquier marca de alcohol que puedas comprar, y la ilusión ha estallado dentro de mí como el orgasmo musical que provocan ciertos artistas.

He descubierto la parte fácil de la vida sorprendiéndome a mi misma entre acordes que creía olvidados y emociones que pensaba se habían perdido con el tiempo. La música te lo da todo sin pedirte nada a cambio y creo que ese es un don maravilloso.

Es así, la adrenalina corre por mis venas estallando cualquier neurotransmisor ligado con reemplazar los intersticios vitales con dopamina, serotonina y endorfinas.

Vive en mí más que nunca. Larga y próspera vida, porque como recita LDS, si me apagan la música mi integridad peligra.